EL DESEO DE MI HERMANA// PARTE 1

 



CAPÍTULO 1

Para H

***

 

Con apenas 21 años de edad ya llevaba tres años que me había independizado de mis padres, escapando no sólo del confort propio del hogar (que nunca lo fue) sino del desastre de convivencia que éstos últimos generaban al pasársela todo el tiempo como perros y gatos, haciendo de la convivencia familiar una perfecta porquería.  

De hecho esa fue una de las razones por las que mi única hermana (mayor que yo) llamada Ari se fue a vivir a Canadá desde hace varios años, escapando de la guerra nuclear que significada vivir todos los días en aquella casa. Ari tuvo la suerte de encontrarse una buena oferta de trabajo en aquél país y yo, que estudio y trabajo (pagándome mi propia universidad sin ayuda de mis padres), encontré una buena oportunidad al hallar este pequeño departamento en la capital del estado.

No era el sitio más grande que pudiera haber encontrado, pero por lo menos la renta siempre me pareció barata, recibiendo beneficios por ser estudiante, además de que la ubicación me venía de maravilla dada la cercanía que tenía con la facultad y mi trabajo en una oficina de informática.  

En esos tres años lejos de casa me acostumbré a vivir solo en mi departamento, siendo dueño de mis tiempos y de mis reglas. Me gustaba mi libertad y no tener que dar explicaciones a nadie. En la soledad de mi hogar yo elegía si hacía el aseo o no, si cocinaba algo o no cocinaba nada, si quería andar vestido o desnudo. En fin.

Sobre todo, vivir solo me daba la libertad de traer a la chica que más me gustara y cogérmela cuantas veces quisiera sin ser juzgado por mi familia y sin los reproches de mis padres.

Desde que vivía solo buena parte de mi dinero lo invertía en la uni y en mi cuerpo. Dicen que como te ven te tratan, y desde adolescente me distinguí por ser un flacucho sin gracia al que ni siquiera las moscas lo volteaban a ver, por eso me dispuse a ejercitarme, a cambiar mis hábitos alimenticios y de rutinas, a fin de que mi musculatura hiciera juego con mi estatura, poco más de 185 cm. Tengo  la piel blanca, el pelo negro y un par de ojos verdes que comparto con mi hermana.

Incluso en las últimas navidades, después de tanto tiempo, volví a mi ciudad de origen por un fin de semana y mis padres apenas me reconocieron. Mi transformación física les sorprendió incluso más que la mental. Me dio gracia que mis vecinos y amigos quedaran sorprendidos con mi apariencia, ya que como nunca fui muy afecto a las redes sociales, no había forma de que advirtieran mis progresos.

Me convertí en un chico atlético, con unos brazos fuertes y musculosos y unos abdominales marcados producto de mi tiempo invertido y disciplina.

Pero lo que estoy por contar es una experiencia muy trascendental que hizo que mi vida y la forma en que la veía cambiaran por completo a partir de ese día. Sucedió un viernes por la tarde en que estaba arreglando de pies a cabeza mi departamento para recibir a una chica llamada Zulema que había conocido recientemente en el gym. Tuve la fortuna de que Zulema se interesara en mí y todo parecía indicar que esa noche me la cogería por primera vez, pues me estaba dando indicios de que estaba deseosa de recibir una buena ración de polla.  

Zulema era una chica delgada, alta, con unas tetas pequeñas pero con un culo de gym muy prominente al que le había dedicado varias pajas.

Me metí a la ducha y mojé mi cuerpo con agua muy caliente para que abrieran los poros de mi piel y me fuera más fácil depilarme los genitales. Me puse espuma para afeitar en mi pubis y en los testículos, y luego finalmente pasé el rastrillo lentamente hasta que mi piel quedó como nalga de bebé. Estar completamente depilado le da a los genitales una sensación de estética y limpieza, y, sobre todo, hace que se vea mucho más grande el miembro, que por lo menos el mío rebasaba los 20 centímetros.

Me recorté la barba con la máquina y la definí con un rastrillo. Me puse loción para después de afeitar y luego, desnudo, salí en chanclas hacia la sala comedor. 

Mi pequeño departamento era un rectángulo dividido en un cuarto y un baño, y un recibidor, sala y desayunador que eran un área en común que no tenía divisiones, y que la distribución se echaba de ver por un sofá de tres plazas desvencijado que estaba frente a una pantalla plana que compré con mi primer sueldo, y una encimera donde solía comer.

Apenas estaba poniéndome un short para reposar mientras se daba la hora de la llegada de Zulema cuando recibí un mensaje suyo de whats donde me confirmaba que llegaría en dos horas más, y que por favor no me olvidara de los condones (otra afirmación de que quería guerra).

Recuerdo que mi sonrisa era de satisfacción total cuando le respondí que estaba bien. Pero entonces, cuando pretendía echarme en el sofá para mirar un capítulo más de stranger things, de pronto alguien tocó al timbre desde la portería del edificio.

Hasta eso que a pesar de ser departamento menesteroso tenía intercomunicador, así que al presionar el botón para saber quién me buscaba, la voz de mi hermana, a la que tenía casi seis años de no ver, me sorprendió cuando me dijo:

—Hola peque, ¿aceptas la visita de una pobre hermana tuya para que le des posada por dos días?

Mi pulso se aceleró en ipso facto y mi corazón por poco se me sale del pecho al saberla allá afuera, y no precisamente porque Ari, mi hermana, estuviera llegando en mal momento (a dos horas de una cita que llevaba esperando por semanas) sino porque de verdad la extrañaba muchísimo y definitivamente me estaba dando la sorpresa de la vida.

—¡Carajo, Ari! ¡Pasa, pasa!

En apenas un par de segundos terminé de recoger el desastre que tenía en el recibidor. Levanté la ropa que estaba amontonada en el sofá, recogí los vasos y platos que tenía secando en el desayunador y los llevé a un cajón. Finalmente me puse unas chanclas porque estaba descalzo, y aunque no tuve tiempo de ponerme una camisa, me dirigí a la puerta para abrirla, justo cuando Ari, mi hermana aparecía por allí.

Ariana, o Ari, como prefiere que la llamemos, entornó sus ojos marrones como platos cuando me vio y estoy casi seguro de que dudó un par de segundos de que yo fuera Conor. Miró la musculatura de mi cuerpo de gym y vi cómo tragaba saliva.

Puesto que su piel es demasiado blanca, dándole un aire nórdico, noté de inmediato que sus mejillas se le ponían algo rojas. Luego, de forma abrupta, me reconoció. Sus labios gorditos y sonrosados se curvaron engatusadoramente y sus brazos se alargaron hasta mi cuello para colgarse de mí.

—¡Por poco no te reconozco, peque! —me dijo, soltándome para cerrar la puerta tras de sí. Luego dejó en el suelo la mochila que traía en la espalda y nuevamente se abalanzó sobre mí, abrazándome muy fuerte—. ¡Mira nada más cómo te has puesto de chulo!

Ari mide 168 centímetros de altura, así que no me fue difícil levantarla del suelo y meterla en volandas hacia mi departamento. Ella se enredó en mis caderas como un mono y la llené de besos en las mejillas y la frente.

—¡Divino, divino, divino, peque! —me dijo, con su boca por poco tocándome una oreja.

La tuve que sostener de sus piernazas carnosas y duras para que no se cayera y mientras ella seguía rodeándome con sus pies.

—¡Vaya que pesas más de lo que pareces a simplemente, hermanita! —le dije, sintiendo las protuberancias duras de su pecho clavándose en mis trabajados pectorales, lo que me produjo un calor repentino que no supe cómo gestionar.

—Yo también soy una chica fitnes, ¿eh? Ahora te enseño.

Me sentí un poco raro agarrando a Ari de sus piernas, y que éstas fueran tan duras y torneadas como una escultura griega. Finalmente ella saltó en el suelo y se separó un poco de mí para que el entre el espacio pudiera contemplarla.

Llevaba la clase de vestimenta que usan las chicas para ir al gimnasio: unos leggins grises que se embutían en sus perfectas y esculturales piernas como si fueran una segunda piel. Al darse la vuelta constaté que Ari tenía unas enormes y musculosas nalgas producto de horas de ejercicio que daban la impresión de que explotarían debajo de su licra en cualquier momento.  

Arriba llevaba una blusa muy ajustada que dejaba al descubierto su vientre plano, un piercing plateado muy sexy en el ombligo y unas curvas de infarto que por poco me dejan sin aire. Lo más llamativo de su torso eran las los pechos que probablemente rebasan los 90.

—¿No me digas que te viniste vestida así en el avión desde Canadá, hermanita?

—Ante todo la comodidad para viajar, peque —sonrió.

Ari me dio la espalda y fue por su mochila, y al flexionarse vi cómo sus enormes nalgas se expandían ante mis ojos en tanto yo lograba divisar el color oscuro de lo que me pareció era una tanga que se incrustaba entre sus glúteos. ¡Mierda! Qué buena estaba mi hermana mayor.

Tuve que tragar saliva, avergonzado, y mirar hacia otro lado para que mi mirada no se viciara con la brutal imagen que tenía delante.

“Conor, carajo, es tu hermana, contrólate.”

—Creí que Canadá era muy frío —mencioné sólo para que mi mente trabajara en otra cosa.  

—Lo es, Conor —me dijo, cargando consigo la mochila. La dejó en el sofá donde antes tenía apilada mi ropa limpia y luego nuevamente me miró maravillada—, pero hubo una escala al entrar al país, antes de venir hasta aquí. Por eso me cambié mi ropita.

—Entiendo… entiendo —dije nervioso.

¡Caray! Ver a Ari vestida así, con sus caderas prominentes bordeando su escultural cuerpo, sus piernas macizas… y sus pechos generosos, firmes y de apariencia rígida me tuvo excitado por varios minutos. Temí tener una erección en su delante, así que sintiéndome bastante sucio y degenerado corrí hasta la cocina con la excusa de ir por una jarra de agua fresca para ofrecerle.

—Siéntate, Ari —le pedí—. Como puedes ver, mi departamento no es muy grande ni lujoso, pero deseo de corazón que te sientas cómoda.

—Supongo que no conoces los departamentos de Vancouver —se echó a reír, mirando con curiosidad todo su asfixiante entorno—, también son ratoneros.

—De todos modos, hermana, debiste de haberme avisado que vendrías para haberte recibido mejor.

—¿Mejor cómo? —me dijo Ari desde el sofá, sonriéndome—. ¿Crees que hay mejor recibimiento para una chica que el que te espere detrás de la puerta un musculoso y apuesto chico de casi dos metros de estatura y con una sonrisa encantadora?

En otras circunstancias su halago habría alimentado mi ego. En este caso más bien me abochornó. Sonreí nervioso. No es muy común que entre hermanos se hagan esta clase de adulaciones.     

Me acerqué a mi hermana, que parecía venir con sed y algo acalorada, y le di agua. Me senté junto a ella y platicamos un poco sobre nuestros padres y cómo nuestra valiente decisión de independizarnos nos había llevado a tener una vida mucho más tranquila y productiva.

Me llamó la atención que Ari de vez en cuando repasara sus ojos traviesos sobre mis músculos, animándose, incluso, a tocarlos con sus manos suaves como quien no quiere la cosa.

—Pero Ufff… hermanito —me dijo—, a ti de peque ya te queda muy poco. Mira qué duro tienes el pecho… y tus abdominales… ¡ay, pero Conor! ¿Cómo puedes tener estos brazos tan fuertes?

Cada vez que las manos tersas de mi preciosa hermana me frotaban mi cuerpo, toda mi piel se escalofriaba. Ella incluso lo notó, estoy seguro, porque cuando la carne se me ponía de gallina ella se reía entre dientes satisfecha de lo que me producía.

—Oye, peque —me dijo—, ¿me dejarías darme una ducha en tu baño? Me siento muy sudada y un poco viscosa del cuerpo.

—Claro, claro, adelante. —Nos pusimos de pie y le señalé el baño, que estaba al lado de mi cuarto—. Mientras te duchas yo pido algo para cenar.

—Gracias, hermanito —me dio un beso muy cerca de mis comisuras y se dirigió a su mochila, diciendo—, en mi bolso tengo dinero para que pagues la cena.

—¿Qué? No. De ninguna manera, Ari, yo me hago cargo de eso.

—¡Claro que no! —protestó ella, negando con la cabeza mientras buscaba sus cosas personales entre los compartimentos de su mochila—. Sólo me falta que además de invadir tu casa y tu privacidad, ahora también tenga que hacerte gastar.

Se flexionó una vez para sacar sus cosas y nuevamente se me hinchó el pene cuando vi que sus rígidas nalgas se agrandaron y se separaron una de la otra debajo de sus leggins grises, dejando entrever que el hilo de su tanguita estaba clavado entre las dos.

—No te fijes en eso, preciosa —musité apenas con aliento— Ve, que la ducha te espera, afortunadamente en este edificio lo que menos falta es el agua caliente.

—¡Maravilloso! —me dijo. Ella se incorporó y luego se dirigió hacia la puerta—. Oye, Conor, ¿me prestas unas chanclas?

—Ahí están en la entrada, Ari, aunque creo que te quedarán algo grandes.

—No importa. 

En cuanto vi que Ari se encerró en el baño me dispuse a respirar hondo para reponer el oxígeno perdido. Después le mandé un mensaje a Zulema para decirle que acababa de llegar mi hermana de sorpresa, desde Canadá, y que se quedaría conmigo todo el fin de semana. Ella lo lamentó sinceramente pero fue empática conmigo y aceptó mi propuesta de vernos hasta el próximo fin.

Ya con más calma pedí dos pizzas hawaianas con piña para cenar y verifiqué que en el refrigerador tuviera aún el doce de cervezas que había comprado hace tiempo, y que por mi condición fitness todavía seguía intacto.  Esta era una ocasión especial que meritaba beberlas.

Después me dirigí hasta mi habitación y revisé que todo estuviera en orden. Yo tenía la virtud de ser un chico al que le gustaba la limpieza de su casa, así que no tuve que hacer muchos movimientos para dejar todo impoluto.

De alguna manera estaba haciendo la misma dinámica de limpieza y acomodo que habría hecho si hubieran continuado los planes de recibir a Zulema. La diferencia es que en lugar de mi folla amiga, la que acaba de llegar era mi hermana mayor.

Como era una época de calor, encendí el ventilador y dejé la puerta abierta para que el mismo aire sacara las el sofoco que se había concentrado en el cuarto. Puesto que solamente tenía una cama, decidí que mi hermana se quedaría allí y yo en el sofá. 

Veinte minutos después vi salir a mi hermana del baño con una de mis toallas en la cabeza enrollada en su pelo, y una camiseta blanca, vieja, de tela de gasa delgada y casi transparente que yo usaba para dormir y que había dejado colgada en el tubular del baño.

—Me queda como mini vestido —me dijo riendo. Y yo quedé pasmado al mirar que el borde de mi camiseta apenas le llegaba a la mitad de sus gruesos y tonificados muslos. Mis chanclas le quedaban grandes, desde luego, pero lo que también se miraban grandes eran los enormes senos que a pesar de lo amplio de mi camiseta se lograban marcar en la tela—. Espero que no te moleste que haya tomado tu camiseta.

—Para nada, te ves preciosa —admití.  

Sentí una terrible punzada en mi pene y un cosquilleo en mi ingle cuando advertí que sus pezones rosados prácticamente desgarraban mi camiseta de dormir. ¡No llevaba sujetador puesto! Encima, se notaba que no se había secado muy bien el cuerpo, por eso mi camiseta blanca se le pegaba en los pechos y éstos se trasparentaban obscenamente sobre la tela sin que a ella pareciera importarle exhibirse de ese modo ante mí.

—Oye, peque, lamento lo de hoy —me dijo Ari de pronto, colocándose frente a un pequeño espejo que estaba al lado de mi televisión plasma.  

—¿Qué cosa, Ari? —dije tragando saliva.

—Lo de tu cita, Conor, me refiero a tu cita.

—¿Lo de mi cita?

Me pregunté cómo mi hermana sabía que tenía una cita con Zulema si no le había hecho mención de nada.

Ari acercó su perfecto rostro al espejo y se embadurnó de crema humectante. En su movimiento sacó un poco sus nalgas y vi cómo estas enormes protuberancias levantaban un poco el borde de mi camiseta, enseñándome un poco más arriba de sus perfectos y lechosos muslos. 

—¿Cómo sabes que iba a tener una cita, hermanita?

—En la regadera habían rastros de pelillos, y dado que aún veo que tienes tu barba en su lugar, supongo que esos pelillos son más bien porque te estuviste depilando tus áreas pudendas.

No respondí nada al momento, pero debí de exteriorizar un gesto de vergüenza cuando Ari se volvió hasta mí, porque rápidamente se echó a reír.

—Vamos, Conor, hermanito, ¿por qué te pones rojo? Que no te de vergüenza querer sorprender a tu chica. Es normal que te depiles para tener un buen aspecto en tus genitales. No hay nada que salir con un chico limpio, y la depilación en el área de los genitales da una sensación de limpieza que a las chicas nos gusta.  

—Este… ¿sí? —intenté sonreír, percibiendo que mis mejillas se teñían de rojo y calor.

—Oh, sí —dijo Ari, soltándose la toalla para que el pelo se le distribuyera por la espalda. Sacudió su melena y las briznas mojaron su espalda baja y la zona donde tenía su potente culo. Me pregunté si tampoco llevaba encima ropa interior—. Por lo menos a mí me fascina ver una buena polla depilada, me excita mucho.

La naturalidad con la que me hablaba de temas tan íntimos como este me sorprendió, dado que ella y yo siempre hablamos de todo, pero jamás de sexo.

—Ah… pues… sí.

—Y si encima —añadió, peinándose el pelo con sus dedos—, también te depilas el área de los testículos ufff…

—Por favor, Ari… —me volví a sonrojar por sus comentarios tan candentes…

—No pensé que fueras tan pudoroso, peque.

—No, no, no lo soy —me reí nervioso, tratando de no quedar como anodino—, de hecho no soy pudoroso en lo absoluto. Sólo que… ya sabes… tú eres mi hermana.

—¿Y eso qué? —dijo, sacando de su mochila un rímel para las pestañas y labial de color ocre brilloso—. ¿A caso entre hermanos no se hablan sobre estos temas? Ya vez cómo son nuestros primos Marcos y Maciel, todo el tiempo se la pasan hablando de sexo y de chicas.

—Bueno, es que ellos son hombres.

Cuando mi hermana terminó de pintarse los labios noté que se le veían más gorditos y grandes que antes.

—¿Y qué importa que nosotros no compartamos el mismo género, Conor? Tenemos que normalizar que, sin importar el género, entre hermanos haya la confianza suficiente para hablar de cualquier tema sin pudor.

—¿En serio quieres hablar de sexo conmigo? —me reí de nuevo, intentando acostumbrarme a su desenvoltura.

No me atreví a decirle que me sentía incómodo porque pesaba que estos temas no debían de tratarse entre hermanos, o por lo menos no entre ella y yo.  

—Como me digas que todavía eres virgen, Conor, volveré a llamarte “peque” de por vida.

—¿Qué? No, no —me reí nervioso—, de hecho, como tú dices, tenía una cita con una chica, pero no importa, yo te prefiero tener a ti, con lo que te extrañaba, ¿sabes?

—Yo también te extrañaba, peque…es decir, Conor. Aun así, lamento lo de tu cita de hoy. Ya verás que de alguna u otra manera te voy a compensar.

—¿Qué quieres decir con “compensar”? —me extrañaron sus palabras y la forma coqueta con que me lo dijo, pero Ari ya no me respondió.

En lugar de eso mi hermana se dirigió hacia la puerta de mi cuarto y me dijo:

—¿Aquí es dónde duermes?

—Sí, ¿quieres verlo?, vente, ya te lo muestro.  



***

Ari fue delante de mí y, por instinto, no pude evitar mirar su potente culo moviéndose eróticamente debajo de mi camiseta blanca que se pegaba a su cuerpo blanco y húmedo. No sé si ella era consciente de lo que me provocaba al caminar y contonearse de esa manera tan “provocadora” pero sentí que esos contoneos sexys eran a propósito, quizá para perturbarme o por lo menos para calentarme. Menuda niña traviesa era Ari.

—Por lo menos el ventilador no hace tanto ruido como el que yo uso en los veranos —sonrió al advertir el aparato que echaba viendo a borbotones. Luego miró hacia la cama y enarcó una ceja, mientras sus labios se fruncían de forma extraña—. Así que sólo hay una sola cama, ¿eh, hermanito?

—No hay problema con eso, hermana. Yo me quedaré en el sofá para que tú duermas a gusto.

—Ni hablar, la que se queda en el sofá soy yo.

—¿Cómo se te ocurre, hermana? ¡Tú eres mi invitada de honor y quiero que estés muy cómoda aquí!

—Si de verdad quieres que esté cómoda, entonces quédate conmigo.

—¿Cómo? —tardé casi un minuto en descifrar lo que me proponía—, ¿te refieres a tú y yo en la misma cama, Ari?

No es que fuera un mojigato, pues sexualmente me consideraba muy abierto y hasta pervertido, pero dado que ella era mi hermana, y según la forma moral con la que habíamos sido criados, dormir juntos era incorrecto. Desde que yo cumplí mis diez años, nuestros padres me separaron del cuarto de mi hermana y me pusieron en otro a parte porque consideraron que no era moralmente correcto que un casi adolescente en pleno desarrollo durmiera con una hermana que ya se estaba convirtiendo en toda una mujercita. Y eso nunca se me olvidó.

—¡Pues claro, Conor! —me dijo ella sonriente—, ¿qué hay de malo en eso? Ambos somos hermanos, ¿no?, de niños solíamos dormir juntos. Incluso después de que nuestros padres nos separaran de cuartos tú te venías a la mitad de la noche al mío cuando había fuertes tormentas.  

Ella tenía razón en eso último. Solía refugiarme en el cuarto de mi hermana mayor cada vez que tenía miedo. La diferencia es que para entonces yo era un inocente chiquillo sin ninguna clase de morbo rondando por la cabeza, que veía a Ari como la hermana mayor que era y no… como la veía ahora… que ya no sólo era mi consanguínea, sino una hermosa mujer de cuerpo de tentación al que, si no fuera por los lazos de sangre que nos unían, habría sucumbido sin ninguna consideración.

—Sí… supongo, Ari. Yo solo digo que a nuestros padres no les gustaría que durmiéramos juntos, ya no sólo en el mismo cuarto, sino en la misma cama.

—Te olvidas de un pequeño detalle, Conor: papá y mamá no están aquí. Además también te olvidas que ya somos mayores de edad, y que somos capaces de tomar nuestras propias decisiones. Además, ¿qué hay de malo en dormir juntos?

—No, Ari, de haber problema, pues no hay ninguno.

—Entonces —dijo ella—, a no ser que seas un morboso pervertido que tuviera una mente cochambrosa, pues otra cosa sería.

—¿Qué? ¡No! ¡No! ¿Cómo crees? —sacudí mi cabeza.

—Bueno —musitó mi hermana riendo—, entonces habiendo ya decidido que dormiremos juntos, me gustaría cambiarme de ropa, ¿me alcanzas mi mochila, hermanito?

—Por supuesto.

Le llevé la mochila que seguía en el sofá, afuera, y luego me salí del cuarto para que se cambiara con privacidad. Corrí directo al baño para sobarme la verga y echarme agua en la cara para controlarme. “¡Qué me está pasando, joder!”

—¡No seas puerco, Conor… quita esos putos pensamientos de tu cabeza! —le dije a mi propio reflejo, como si me estuviera increpando a mí mismo—. ¡Ari es tu hermana, no la puedes ver como mujer! ¡Ari es tu hermana, no la puedes ver con morbo ni deseo! ¡Deja de encontrarle doble sentido a las palabras que ella te dice! ¡Deja de estar pensando que ella te está coqueteando cuando solo trata de bromear contigo! ¿Cómo iba hacerlo, eso de acosarte o coquetearte, si siempre te ha visto sólo como el “peque”? ¡Su hermano menor!

Ya más relajado volví al sofá, encendí la televisión en un canal de música y luego vi salir a mi hermana, que se había puesto un precioso y sensual vestidito veraniego de color azul, ligeramente escotado, dejando un gran canalillo entre sus dos senos, y con un corte muy ajustado en su vientre, caderas y cintura, lo que le proporcionaba una enorme curvatura que hacía resaltar sus nalgas generosas y sus torneadas y brillantes piernas.

Como se ató el cabello en un moño, su perfecto y curvilíneo cuello lucía hermoso y sensual.

Las sandalias que traía eran de mete pie, y se le veían unas preciosas y arregladas uñas que me abrumaron. Estaba guapísima, ¡era brutalmente sexy!, ¿sería apropiado decírselo? Preferí no decir nada y preguntar por su novio, con el que llevaba ya dos años juntos.

—¿Y qué tal está Robert? ¿Por qué no vino contigo?

Cuando menos acordé vi que a mi hermana se le cristalizaban los ojos. Ella se sentó junto a mí y sólo entonces entendí que una de las razones por las que Ari estaba aquí era porque había terminado con Robert y quería dejarlo atrás.

—¿De verdad se separaron, Ari? Caray, que pena, de verdad.

Ella asintió compungida después de contarme que Robert se había vuelto un tipo frío, antipático y poco comprensivo con ella.

—Lo siento mucho, Ari, en serio —le dije, cuando ella extendió sus manos sobre mis piernas, específicamente cerca de mi entrepierna, y se las recogí, acariciando sus dedos con ternura—, creí que Robert ya era el bueno para ti. No llegué a conocerlo personalmente, pero por lo que me platicabas de él cuando nos hablábamos por teléfono pensé que este sí era el indicado.

Ari volvió a descomponerse y a respirar muy hondo.

—Algo debo de tener mal para que todas mis relaciones fracasen —se lamentó.

—¿Algo como qué? —me impacienté, y noté que las manos de mi hermana se extendían en mi regazo y a fuerza querían posarse sobre donde en ese momento tenía mi verga en reposo, bajo mi short. Luché con todas mis fuerzas para retener sus muñecas e impedir que hicieran algo que nos incomodara a ambos—. Eres la chica más inteligente y trabajadora que conozco. Además…

—¿Sí? —me preguntó ella, pestañeando.  

Sus pestañas largas me cautivaron, y sus ojos brillantes me llenaron de ternura.

—Además eres hermosísima.

Ari sonrió, un poco apenada, cosa que no había pasado desde que llegó, y entonces me dijo:

—Dices que soy hermosa porque soy tu hermana. No puede haber parcialidad en tus opiniones.

Me ofendió un poco lo que me dijo.  

—No necesito ser imparcial para admitir que eres la mujer más preciosa que conozco, Ari. —Noté que nuevamente luchaba por liberarse de mis manos para que sus dedos nuevamente intentaran desplazarse hasta mi bulto, que vergonzosamente cada segundo que pasaba iba creciendo—… Además… hermana… tu cuerpo es… pfff… explosivo.

—No te burles, ¿eh peque? —se echó a reír, para finalmente recoger sus manos en su regazo, por lo que suspiré aliviado—. Si nos vamos por cuerpos explosivos, entonces tengo que decirte que tú me ganas. En los últimos años te pusiste súper… sexy, hermanito, como te dije antes, por poco no te reconozco. ¿Por qué no subes tus fotos a redes? Tienes mucho para presumir.

Tuve que levantarme con la excusa de ir por dos cervezas, pues su mirada era demasiado profunda feroz y me sentía acosado. Como digo, no es que no me gustara la forma seductora en que me miraba, sólo que siendo ella mi hermana, prefería no dar pie a que… cruzáramos ninguna línea roja que luego me hicieran arrepentirme.

Por fortuna cuando volví, mi hermosa Ari ya estaba más tranquila y recibió mi cerveza con mucho entusiasmo. Al poco rato llegó la pizza y cenamos. Se fue una cerveza y luego otra. Cuando menos acordamos ya pasaban de las once de la noche y nos habíamos bebido casi el doce de cervezas, por lo que ya nos sentíamos algo ebrios. Quizá por eso, rato después, nos pusimos a cantar con el karaoke que venía instalado en mi televisor, hasta que de pronto doña Angustias, la mujer cincuentona y amargada que vivía al otro lado de mi departamento, gritó con rabia y desesperación:

—¡A ver si dejan dormir de una puta vez, maldita sea!

Puesto que las paredes parecían de cartón y no tenían insonorizante, doña Angustias tenía conflictos frecuentes con el vecino del lado izquierdo y conmigo, que estaba a su derecha. A veces, incluso, retaba hasta el vecino de en frente, sin deberla ni temerla. La mujer solía ser una exagerada en exceso que ante cualquier decibel que aumentara en mi televisor, por mínimo que fuera, se ponía a reclamarme muy enfadada.

Ya no quiero ni siquiera decir cómo se ponía cuando me traía a mi casa a una chica para coger.

—¡Lo siento! —grité desde el sofá, riéndome, señalando a mi hermana hacia la pared de al lado, de donde había provenido el grito de la mujer—. ¡Ya le bajo al volumen doña Angustias!

—¡A callar, que de todos modos cantan de la mierda!

Mi hermana frunció el ceño luego de carcajearse y me preguntó: —¿Y a esta vieja loca que le pasa?

—Pues eso —me reí, encogiéndome de hombros—, le molestan los ruidos que hacemos los vecinos. Es tan escandalosa que incluso a veces se queja de los departamentos de enfrente, aunque no están pegados a su pared. Vive de subvenciones, así que todo el día está en casa, y como paga la renta mes con mes, no hay poder humano que la saque de su departamento.

—¡Pobre del marido! —se burló mi hermana, cruzándose de piernas.

—Ni tanto —sonreí—. Doña Angustias vive sola, de todos modos con lo pequeños que son estos cuartos ratoneros, nadie podría vivir con ella.

—¡Con razón no tiene marido, y, sobre todo, con razón actúa como una mal cogida! —se burló, y me llamó la atención que Ari usara un lenguaje tan burdo cuando ella siempre criticó esta clase de palabrerías.

—Pues ya ves, hermanita, ella se queja de todo pero no hay indicios de que quiera largarse de aquí. 

—Pues pobre pendeja —comentó Ari dando un nuevo trago a su nueva cerveza.

Resignado apagué el televisor y decidimos terminar con nuestro concierto.

—Mejor nos vamos ya a acostar, ¿te parece, hermanita? —propuse, creyendo que por el viaje y todo lo que implica trasladarse de un país a otro debía de estar cansada.

—Pues ya que esta vieja amargada nos cortó la diversión, ¿qué más nos queda? —dijo en voz alta como si quisiera que la vecina la escuchara—, por cierto, Conor, ¿qué hora es?

—Ya casi son las doce de la noche.

—Vaya, hermanito… se me pasó el tiempo volando —dijo Ari, con una entonación que me indicó su evidente estado de embriaguez—. Me iré a lavar los dientes.

—Vale —le dije—, mientras me voy adelantando al cuarto para acomodar la cama.

Ari se fue cantando en voz alta para perturbar a doña Angustias, cual niña traviesa, y yo me dispuse a poner sábanas limpias y transpirables en la cama y luego busqué una almohada dentro de mi closet, la cual rellené ropa, para que Ari durmiera cómoda.

Me descalcé y aprovechando que estaba solo me desvestí y luego me puse un short más ligero para dormir. No sé por qué, pero evité usar bóxer. Aunque no había forma de que mi hermana se enterara de que no traía ropa interior, como cuando ella salió de ducharse y tuve la misma impresión, me dio algo de morbo permanecer así. Me dije que en el estado de embriaguez en el que ella se encontraba sería difícil que notara que sin bóxer se me veía un enorme bulto debajo de mis short. Por las dudas me eché en la cama, encendí el ventilador y me puse a ver mi celular.

Entonces oí movimientos de Ari que al parecer ya salía del baño, y segundos después escuché su seductora voz cuando entró a mi habitación, que decía:

—Conor, hermanito, espero no incomodarte, pero en serio muero de calor.

Cuál fue mi sorpresa al elevar la vista y descubrir que mi hermana mayor, con todo lo tetona y nalgona que era, llevaba un minúsculo sujetador de encaje negro que apenas le cubría la mitad de sus enormes y carnosas mamas, y una diminuta tanga que dejaba al descubierto su enorme e impetuoso culazo.

—¡Joder! —exclamé, sintiendo una terrible punzada en mi verga mientras mi hermana se mordía el labio inferior

—Conor, no me molestaría si tú también quieres estar en ropa interior o sin bóxer —y su sonrisa me calentó.

En ese momento aún no sabía que la noche terminaría con una cogida suprema. 

CONTINÚA
YA DISPONIBLE EL SEGUNDO CAPÍTULO



Comentarios