MI HIJO: EL SEMENTAL DE SU MADRE // PARTE 2

 



CAPÍTULO 2

***

Entonces mi esposa se puso a cuatro patas en el suelo de nuestra cocina, de espaldas a él y con sus ojos fijos en mi cara, como si disfrutara de mi frustración y mi gesto de horror. Mi hijo se colocó detrás de ella mientras ésta le rogaba una vez más que la penetrara fuerte, enfatizando varias veces con un “más fuerte…”.

Adrián le subió el babydoll alrededor de su cintura y le desabrochó el sujetador, desnudando esas hermosas y redondas tetas, las cuales cayeron hacia adelante como si fueran las enormes ubres de una vaca.

—¡No, por favor, no lo hagan… no lo pueden hacer! ¡Son madre e hijo, carajo! ¡No puedes ser tan cerdos y tan degenerados!

—Lo hemos sido desde hace casi un año, papá, así que sólo ve y aprende —contestó Adrián.

Apartando la pequeña tanga del culo de su madre, hundió su gorda polla dentro de ella, que al parecer ya estaba más encharcada de lo que yo mismo habría imaginado. Pude ver el rostro excitado y caliente de mi esposa cuando me miró y vi sus ojos y su boca abrirse en una “O” de placer exquisito mientras nuestro hijo empujaba su enorme polla dentro de su húmedo y caliente coño. Y yo sentí que me moría. Temblé en la silla y todo mi cuerpo se agitó.

La repugnancia de imagen que tenía delante poco a poco se fue convirtiendo en una representación dantesca de la pintura más pornográfica y sucia que hubiera podido ver en toda mi vida. No entiendo cómo no colapsé en ese preciso momento, mientras me daba cuenta que la polla de mi unigénito se deslizaba lentamente en la encharcada vagina de la puta de su madre.

—¡No! ¡Adrián! ¡Lizeth! ¡ESTO NO PUEDE SEEER!

—¡Oh, hijo mío, oh dios mío, joder, sí! —suspiró y jadeó mi esposa mientras Adrián comenzaba a embestirla con la dureza y soltura propia de un joven como él—. ¡Eso es, bebé, cógete a tu madre como sólo tú sabes hacerlo, cógela más fuerte! ¡Oh, ohhh, oh sí! ¡Mami quiere verga!¡Mami quiere verga!

—¡Ufff, mami, cuánto te amo! —suspiró nuestro hijo cuando comenzó a penetrarla más duro, empujando más fuerte y más rápido contra el cuerpo de su progenitora—. ¡Eres tan hermosa y tan caliente! ¡Me encanta tu coño caliente y lo bien que te mueves sobre mi polla!

Y, mientras tanto, yo no sabía qué hacer o decir, atado aquí desnudo a una silla, mi hermosa esposa a cuatro patas en el centro de la cocina, siendo penetrada desde atrás por nuestro semental hijo, mientras su rostro hermoso y en estado de éxtasis estaba mirándome directamente a los ojos, congestionada de placer, y sus mamas grandes y pesadas balanceándose al ritmo de los embates, de adelante para atrás.

Todo lo que pude hacer fue recorrer con la mirada su hermoso y explosivo cuerpo hasta donde estaba siendo empalada por la impresionante polla de mi hijo. Mis insistencias y súplicas para que dejaran de seguir cometiendo este acto de pecado se fue desvaneciendo a medida que veía la sordidez con la que se sincronizaban el uno con el otro.

No, claro que no. Esta no era la primera vez que fornicaban. Sólo Dios sabe cuántas veces lo hicieron en todas las posiciones que existen en mi casa… en cualquier sitio de nuestro hogar. La idea de que hubieran tenido el atrevimiento de hacerlo en nuestra propia cama conyugal me destrozaba. Y, sin embargo, no había nada que pudiera hacer al respecto. Allí estaban los dos degenerados, entregados a su frenesí, a su aberrante deseo, a su incestuoso amor, mientras yo los miraba con asombro y petrificación.

—¡Oh, hijo mío, oh dios mío, joder, sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!

Sus tetas botaban de adelante y hacia atrás. Ella gritaba y mi hijo le azotaba la cola con la mano extendida. Y mi mujer jadeaba y jadeaba sin parar.

—¡Empuja, Adrián, empuja más fuerte…!

—¡Jum! ¡Jum! ¡Ufff, mamáaa!

Y entonces sucedió algo aún más inesperado: sentí un movimiento en la ingle y, para mi increíble vergüenza, noté que estaba teniendo una erección más fuerte. No podía creerlo, pero ver a mi hermosa y lasciva esposa entregándose a un sexo apasionado con nuestro propio hijo me estaba excitando. Pero no de una manera natural, sino de una forma sórdida y mal intencionada. No estaba cachondo como lo haría un cornudo viendo a su esposa siendo poseída por otro hombre: lo que me excitaba era el morbo insano de la relación sexual que había delante de mí… el morbo del incesto.

Y al mismo tiempo que sentía esas palpitaciones en mi pene, estaba completamente horrorizado, abatido y con el alma rota.

Cuanto más crecía la dureza de mi polla mientras observaba impotente cómo mi propio hijo me ponía los cuernos, más me avergonzaba y aun así no podía apartar los ojos de ese culo redondo y cómo chocaba contra los muslos de nuestro unigénito, mientras sus tetas se agitaban como locas.  

—No puedes dejar de mirar, ¿verdad, papá? —dijo mi hijo sonriendo de repente, sacándome de mi concentración—. ¿Cómo te sientes al ver a tu esposa siendo saciada con tu propio hijo? ¿No es algo hermoso? ¿A que no existe un amor verdadero como el que se pueden dar madre e hijo?

—¡Cállate, Adrián! ¡Estás loco! ¡Los dos están locos!

—¡Mmmm, parece que está disfrutando con lo que ve! —se rió mi esposa que había elevado su rostro y veía mi erección de cerca mientras su cuerpo se balanceaba y temblaba con las fuertes embestidas de Adrián.

Sus pechos chocaban uno contra el otro. Sus pezones hiniestos lucían rígidos y apuntaban a todas direcciones. 

—¡Oh Dios, papá…! ¡Por lo visto tú también eres un loco enfermo mental! —se rió él mientras azotaba el culo de su madre—. Veo que estás disfrutando esto, ¿no? Te gusta verme coger a mamá.

Me sonrojé y sudé frío. Lo que veía y lo que me decían era increíblemente humillante, y a eso se añadía la humillación de ser obligado a ver a mi hijo follar a su madre y que se burlaran de eso me abrumaba demasiado. Era bastante extraña y pervertida esta situación tan loca, sórdida y abominable.

—¿Es que nunca van a parar, cabrones?

 Una parte de mí sólo quería que se abriera un agujero y me tragara por completo, pero otra parte me tenía atento a cada movimiento que había delante de mí. Cada azote, cada vibración de las nalgas de mi esposa, cada sacudida en las tetas de mi mujer.

—¡Lizeth! ¡Lizeth! ¡Reacciona… él es nuestro hijo!

—¡Hummmm! —respondió ella con un fuerte gemido.

—¡Oh, sí! ¡Mamá! ¡Oh sí, oh joder, vas a hacer que me corra pronto! — jadeó Adrián, que se inclinó a ella para apretujarle las tetas mientras la cogía muy duro—. ¿Quieres que me corra dentro de ti, mami?

—¡Oh, sí! —Mi esposa prácticamente gritaba mientras sentía los embates de su hijo, mientras sus tetas se aplastaban entre los dedos de su hijo, que la seguía estrujando como desquiciado—. ¡Quiero lechita de mi bebé dentro de mí! ¡Dale lechita a mamá. ¡Lléname con tus jugos espesos y cremosos, hijo!

—¡Aaaaah, oh, OH MIERDA! ¡Me estoy corriendo! ¡MAMÁ, ME ESTOY CORRIENDO! —gritó Adrián mientras enterraba su polla profundamente dentro de ella y su cuerpo temblaba con un orgasmo.

Lizeth tembló, dio varios grititos de placer y sintió cómo su hijo se desplomaba sobre ella. Ambos cayeron al suelo y allí permanecieron jadeando un rato.

—¡Oh, no puede ser! —comencé a lloriquear—.¡Esto no puede seeeer!

Después de un rato, Adrián se relajó y sacó su polla pegajosa y ahora ligeramente morcillona de la vagina de su madre, pero aun luciendo un tamaño impresionante. Lizeth, mi esposa, todavía no había alcanzado su propio clímax y en ese momento él se volvió hacia mí.

—¿Por qué no dejamos que papá te ayude con tu orgasmo, mami? —dijo Adrián—. A lo mejor así se sentirá un poco útil.

Entonces Lizeth se levantó, se puso de rodillas y comenzó a gatear. Cuando estuvo cerca de mis pues ella se levantó, pero en lugar de sentarse en mi polla dura y desesperada después del espectáculo sexual, pervertido e incestuoso que me acababan de ofrecer, se levantó y se montó a horcajadas en mi cara, empujando su hinchado y húmedo coño hacia mi boca.

—¡No… Lizeth… no….!¡No seas puerca! ¡No seas cerd..aa! ¡Nggoo! ¡Aunggg lagggooo!

Sus vulvas vaginales estaban tan cubiertas del semen de Adrián y de sus propios flujos femeninos, asqueado, podía notar cómo goteaba por sus muslos y ahora mojaban mi cara.

—Si me amas… sólo cómeme el chochito, mi amor, vamos… Efrén. No sientas asco… que esta leche es de tu propio hijo… es como si fuera la tuya misma.

—¡Déjameee! ¡Lizbeeethhggggg!

Ante sus súplicas y mi terror, me quedé quieto, y de pronto, sin saber la razón, comencé a besarla alrededor de su ingle, extendiendo lentamente mi lengua y lamiendo esos cálidos y húmedos labios de su coño, chupando su clítoris. En todas partes, podía saborear el sabor salado del semen de mi hijo y cada parte de su humedad me recordaba mi propia humillación, cómo me habían obligado a verles ponerme los cuernos.

—¡Joder, papá! —exclamó mi hijo, riéndose.

Aún tuve el impulso de seguir lamiendo el coño de mi esposa, mientras ella, frenética y visiblemente caliente, empujaba su entrepierna contra mi cara para que todo lo que pudiera ver fueran sus muslos y su tanga, que todavía estaba hecha a un lado de su raja.

—¡Oh, sí, mi amor… así… qué bien me la chupas! ¡Oh, hijo… tu padre es muy bueno para comerle el coñito a mami!

—Para algo debía de ser útil papá —dijo Adrián riendo.

Finalmente, el cuerpo de mi mujer se sacudió en mi cara con un orgasmo que explotó en mi cara, mientras los jugos de su coño se mezclaban con el sabor del semen de Adrián, y lo sentí todo en mi cara, ya sin preocuparme por mi propia vergüenza y humillación.

Mi polla seguía dura como una roca y estaba desesperada por ser acariciada, pero todavía tenía mis manos atadas a mi espalda. Entonces mi esposa se bajó de mi cara y le sonrió a nuestro hijo con una sonrisa perversa, para luego compartir un beso lento y prolongado con él antes de finalmente volverse hacia mí.

—Mira, papá, como ya sabes lo que está pasando entre mamá y yo, creo que de ahora en adelante dormiré en su cuarto matrimonial —dijo Adrián—. Sé lo que puedes estar pensando. Seguramente nos quieres dejar y amenazarnos con decirle al mundo entero la clase de relación que tenemos mamá y yo. Creo que debes de ser inteligente, papá, y ver las consecuencias de todo lo que podrías perder si te expones a quedar ante nuestra familia, vecinos y amistades, como un cornudo por su propio hijo… Así que tú decide, papá, puedes quedarte con nosotros, con el riesgo de que no puedas dormir durante la noche por las cogidas que le pondré a tu esposa, o tal vez, si quieres, puedes dormir en mi habitación.

Luego Lizeth, sudorosa por el acto que acababa de tener con su hijo, se acercó y me desató. Ahora era mi oportunidad de levantarme, enojarme y ponerles una arrastrada por toda la casa, dictando la ley que como cabeza de familia tenía derecho: pero sabía que ya no mandaba aquí. ¿Cómo podían tomarme en serio después de ver que me había puesto erecto y el semen de mi hijo goteaba aún por mi barbilla?

Así que tuve que admitir la derrota y quedarme callado, hundido en la silla, sin siquiera poder moverme.

—Bien —dijo mi esposa—, supuse que harías justo eso, querido… nada. Mejor para los tres. Esta casa ahora tendrá un nuevo modelo de convivencia. Y por el bien de los tres, Efrén, espero que no pongas limitantes. Para los tres será complejo… pero estoy segura de que todo funcionará a la maravilla.

—¿Cómo carajos va a funcionar esto de maravilla si ustedes dos han roto por completo las reglas de convivencia? —empecé a lloriquear—. ¿Cómo mierdas piensas que esto puede seguir funcionando, Lizeth, si has traspasado todas las líneas de lo moral y lo ético? ¡Haz dejado que tu hijo, nuestro hijo, te penetrara! ¿Te volviste loca? ¿En verdad se te zafó un tornillo de esa cabeza loca que tienes? ¡Se trata de alguien que llevaste en tu vientre durante nueve meses! ¡Se trata de sangre de tu sangre!

—A ver, Efrén —dijo mi esposa mientras se limpiaba con los dedos el resto de fluidos que escapaban por entre sus piernas—, respóndeme una cosa: dado que por tu falta de afecto sexual, en donde no tenías intenciones de cumplirme como hombre… estoy segura de que yo de todos modos habría buscado quién pudiera satisfacer estas necesidades humanas a las que todos los seres humanos estamos obligados a satisfacer. Por eso te pregunto, Efrén… ¿habrías preferido que yo hubiera tenido a un amante por ahí, con el riesgo inherente que esto implica? Es decir… corriendo el riesgo de que yo me hubiera enamorado de otro hombre y te hubiera abandonado aquí… solo…

—¿Te estás oyendo, Lizeth? —grité—.¡Estás insinuando que de todos modos me habrías sido infiel, fuera con quien fuera!

—¡No me cogías, cabrón, ¿qué querías?, ¿Qué me pusiera a rezar el rosario para que un día llegaras caliente y me atendieras como se debe?!

—¡No vamos hablar de estas cosas delante de nuestro hijo, Lizeth!

Mi hijo, que se estaba lavando la cara con agua del fregadero, volvió su cara hasta mí, y torciendo un gesto me dijo:

—Pá… ¿es en serio?, me acabo de coger a tu mujer delante de ti, ¿y a ti te preocupa que yo me pueda traumatizar por sus problemas maritales, o de lo que hablen delante de mí? No me jodas, por favor.

—¡Tú te callas, Adrián! —le grito—. ¡Esto es entre tu madre y yo!

—Okey, okey… —dijo, volviendo al fregadero—, pero entonces a mí no me metan en sus pedos.

—¿Lo ves? —exclamé decaído—. ¡Has conseguido que el niño ya no me respete!

—¿Cuál niño, Efrén, por Dios? —dijo mi esposa, que ahora se estaba desenredando su cabello—. ¿Has visto eso que tiene entre las piernas? Adrián ya no es más un niño. Es un hombre, y por si no has logrado captarlo, ahora está ocupando tu lugar.

—¿De qué estás hablando, pinche loca? ¿Cómo va estar ocupando mi lugar si ni siquiera sabe lavarse los calzones?

—A lo mejor no sabrá lavar su ropa —dijo mi mujer con un deje de crueldad en su voz y en sus palabras—, pero qué rico coge el cabrón.

—¡Pero Lizeth, maldita sea!

—¡Basta ya, Efrén!

—¡Es lo que digo, Lizeth, basta ya! ¡A partir de este momento Adrián se irá de esta casa, tú me pedirás perdón, y yo valoraré si es necesario denunciarte por ser la causante de esta relación incestuosa, que por si no lo sabes, está penada en este país!

Adrián volvió a girar su rostro hacia mí y alzó las cejas, interesado en la respuesta de su madre. Por su parte, Lizeth se sobó sus enormes pechos, que estaban enrojecidos todavía por las estrujadas que mi hijo le había dejado y me lanzó una mirada furiosa. Lizeth suspiró, como si estuviera harta y fastidiada de escucharme, y me dijo:

—Dos cosas, Efrén… primero: no voy a tolerar que vuelvas a sugerir que nuestro hijo se tiene que ir de esta casa, porque en todo caso, el que se tiene que ir eres tú, por poco hombre y por no cumplir con tus deberes maritales.

—¿Deberes maritales? —exclamé furioso—, ¿y la manutención y los gastos de esta casa quién los paga? ¡Pues yo, cabrona, yo!

—¡Porque es tu obligación!

—¡Obligación ni una mierda, Lizeth! ¿Crees que los deberes maritales de los maridos se reducen sólo al sexo? Estás muy equivocada. Que tú seas una pinche adicta sexual no es mi problema.

—¡Dos! —continuó mi esposa sin responder a lo anterior—. Dado que estamos casados por bienes mancomunados, te recuerdo que si nos divorciamos tendrás que darme la mitad de todos los bienes que se hayan generado durante nuestro matrimonio, que no son pocos, además de una manutención tanto para tu hijo, que aún está estudiando la universidad, como para mí.

—¡No estás contando con que yo podría denunciar ante el juez la relación incestuosa que tienen ustedes dos, Lizeth, no me creas tan estúpido!

—Pues claro que pienso que eres estúpido, Efrén… porque tú, dado lo mucho que te importan las apariencias, serías incapaz de decirle a nadie que tu esposa te ha puesto los cuernos con tu propio hijo. Así que mejor déjate de amenazas y trata de asumir lo que está pasando con madurez.

—¿Y cómo se supone que se puede asumir que tu esposa e hijo ahora sean amantes? ¡Es abominable, mujer!

—Abominable es tener una esposa tan cachonda como yo y que tú jamás hayas tenido interés por satisfacerla.

—¿Pero qué dices, Lizeth?

—¿Sabes cuántos hombres darían la mitad de su vida por tener una esposa cachonda, pervertida y sexosa en la cama? ¿Lo sabes?

—¡Tú no eres una esposa cachonda y sexosa en la cama, Lizeth…! ¡Tú lo que eres es una vil puta que ha pervertido la cabeza de su hijo!

—¡Tú no le vuelves hablar así a mamá!  —exclamó de pronto Adrián sumamente molesto.

—Déjalo, hijo, no hagas corajes. Aquí el punto es que tu padre debe de saber cuál será su lugar a partir de ahora.

—¿Mi lugar a partir de ahora? —me eché a reír para no llorar—. ¿Crees que voy a permitir que mi hijo ocupe mi lugar?

—Adrián no ocupará el lugar de nadie, cariño, porque tú nunca has tenido un lugar en mi cama.

—¿Me estás diciendo que nunca me has amado, Lizeth?

—¡Claro que te he amado, Efrén, y de hecho, aunque no lo creas, te sigo amando! Cuando yo hablo sobre ese lugar que nunca has tenido, me refiero a tu papel como semental en mi cama. Ahí me has fallo, Efrén… pero no dudes cuando te digo que te amo de verdad.

En ese momento rompí a llorar, y pese a lo que se podría esperar, Lizeth se acercó a mí y me abrazó.

—Cómo puedes ser tan tontito para creer que no te amo, cariño. Lo que pasa entre nuestro hijo y yo… es otra cosa. Es una relación de madre e hijo normal, como las demás… con el añadido de que… ambos tenemos sexo. ¡Adrián y yo nos amamos, y no nos puedes culpar por eso!¡Como tú mismo ya lo dijiste antes, Adrián y yo estamos ligados sanguíneamente, incluso contigo! Sólo piénsalo, Efrén, esto puede funcionar si tú eres capaz de abrir la mente como la abrimos nosotros dos.

—¡Es que… esto me supera, Lizeth… me supera!

—¿Sabes lo difícil que fue para mí dar este paso, Efrén? ¡No sabes lo que sufrí y lo mal que la pasé mientras me decidía! ¡Todo fue… tormentoso al principio… hasta que finalmente nuestros remordimientos y ese sentimiento de culpa pudo… convertirse en lo que tenemos ahora!

—¡Oh… Lizeth… me siento tan… terriblemente mal con todo esto!

—Vamos a superarlo, Efrén… vamos a superarlo y seremos felices los tres. Lo único que tienes que hacer es abrir tu mente. ¡Permíteme que nuestro hijo sea otro hombre en mi vida! ¡Deja que él me ofrezca el sexo que tú no me puedes dar! ¡No es infidelidad porque él es tu hijo! ¡Tú y él es como si estuvieran conectados… llevan el ADN adherido el uno con el otro! Adrián sólo es una extensión de ti… no tienes por qué sentirte mal.

—¡Pero Lizeth…!

—Pero nada, Efrén. Vamos… tienes que descansar y reflexionar en la cama sobre todo esto.

—¿Ya no dormiremos juntos, entonces, mujer?

—¡Oh, sí, claro que sí lo haremos!

—¡Pero dijiste que…!

—Lo que dije fue porque estaba molesta contigo. Pero ahora… que lo estamos hablando. Mi querido y amado Efrén… ¿ves cómo hablando podemos entendernos?

—Entonces vamos a nuestro cuarto y sigamos hablando con esto, Lizeth.

—No, no, Efrén, querido… lo mejor será que esta noche duermas en el cuarto de Adrián y él duerma conmigo.

—¡No! ¡NO lo acepto!

—Por favor, Efrén, no hagas las cosas más difíciles.

—¡Dijiste que yo voy a seguir siendo tu marido!¡Dijiste que yo voy a seguir durmiendo contigo!

—Y también te dije, Efrén, que esta noche tienes que reflexionar sobre lo que acabas de ver y saber… No hay nada mejor que estar a solas para poder pensar.

—¡Yo…!

—Vamos, papá… hazle casi a mamá —me dijo de pronto Adrián, mi hijo, que había dejado de tratarme con desprecio y ahora me hablaba con el respeto con que solía hacerlo desde que era niño—. Ni mamá ni yo queremos que la pases mal.

—¡Pero las cosas horribles que me dijiste… lo que tu madre me dijo… lo que tú, mi propio hijo me dijo…!

—No lo tomes personal, papá —me dijo, y desnudo como estaba, con su verga flácida balanceándose, se puso a mi lado y me dio unas palmadas amistosas en la espalda—, eso sólo lo dijimos sólo en un momento de… excitación, de morbo. Ya sabes que durante el sexo uno es capaz de decir cualquier cosa para aumentar la adrenalina. Además… creí que diciéndote lo que te dije haría que pudieras aceptar esta relación que hay entre mamá y yo con más… naturalidad.

—¡Joder, Adrián… con más naturalidad… dices!

—Ya, ya, Efrén, cariño mío —me dijo mi esposa, flexionando su cabeza para darme un beso en la boca—. Una vez aclaradas las cosas… confío en que podrás asimilarlo durante la noche. Así que no te quito más tu tiempo, mi vida. Me siento muy cansada y es hora de ir a la cama.

—¡Pero…! —dije, limpiándome las lágrimas—… ¿ustedes de verdad van a dormir… como madre e hijo… así normalito sin hacer nada?

—Sí, cariño, sí—dijo mi esposa, tratándome como si yo fuese un niño de cinco años—. Mamá se portará bien con su bebé… ya te dije que esto sólo es para que tú, en tu soledad, puedas reflexionar y asumir lo que ha pasado, ¿vale?

—V…ale… —dije con la voz entrecortada.

—Verás cómo a partir de ahora, seremos una familia diferente, cariño, mi amado esposo, mi encantador Efrén. La relación entre tú, nuestro hijo y yo… será idílica.

—Yo… pero….

—No digas nada, papá, sólo descansa. Buenas noches. ¿Nos vamos, mamá? Debes de estar muy cansada.

—Oh, sí, hijo, mi amor, vamos a la cama… a “dormir” —enfatizó muy raramente la palabra “dormir”—… ah, Efrén, mi vida, un último favor, ¿podrías limpiar todo este desastre, cariño, por favor? Mañana ya será otro día.  

Sin decir nada más, mi esposa y mi hijo se tomaron de la mano y, completamente desnudos (salvo por las medias negras de mi esposa y la tanga que todavía traía puesta) desaparecieron por la puerta abatible de la cocina. Lo último que vi fueron los laterales de los pechos de mi esposa que bamboleaban al andar, y su explosivo culazo que botaba al caminar mientras se iban.

—¡Dios…! —dije yo sin creer aun lo que había pasado.

Yo me sentía completamente desconcertado y no daba crédito a lo que acababa de presenciar ni oír. Ambos me habían manipulado para hacerme creer que todo lo que había ocurrido era completamente normal. Y yo… tal vez para no sentirme peor, hice como que les creía… ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Quedarme solo, sin hijo, sin esposa ni hogar?

Me levanté y me puse hacer las tareas de la cocina fregando el suelo a conciencia. Entonces, cuando terminé de limpiar el desastre de líquidos que habían dejado estos dos cerdos desconsiderados, me dirigí hasta la habitación de mi hijo, que estaba al lado de mi cuarto matrimonial, y me tumbé en la cama, destrozado, sin siquiera tener ánimos de ducharme.

Todavía podía sentir el sabor de los flujos que había limpiado de la concha de mi mujer. Tampoco quise ir a mi cuarto y llevarme una terrible sorpresa. Me habían prometido que no harían nada, sino que dormirían inofensivamente, como una madre e hijo. De todos modos no me sentí preparado para presenciar una nueva sesión sexual entre madre e hijo. Así que me quedé allí. Todo era tan repugnante y abominable.

Entonces, al contemplar a mi alrededor, me di cuenta de que había algunas prendas de mi esposa tiradas en todas partes del cuarto de mi hijo. Había ligas, medias de red desperdigadas por ahí, de diferentes colores, junto a varias tangas usadas y braguitas sin entrepierna que me dejaron loco de la impresión.

Había tacones de diversas formas y tamaños, cigarros consumidos en el buró… ¡y hasta una bolsa con marihuana, joder! Allí me di cuenta de que, en efecto, ellos tenían una relación sexual secreta a mis espaldas posiblemente desde hace un año.

—¡No puede ser! —comencé a sollozar.

Derrotado, me tumbé en la cama de Adrián, justo al lado de una tanga roja de mi esposa que olía a flujos sexuales, aunque los pegotes ya estaban secos. Entonces, finalmente cedí a mis impulsos y comencé a acariciar mi polla dura y excitada, masturbándome mientras todo el tiempo en mi mente aparecían imágenes de lo que podría estar sucediendo en la habitación de al lado, imágenes de mi esposa recostada, sus deliciosas piernas y culo revestidas en lencería transparente, su coño penetrado por la polla grande y dura de mi hijo.

Ella tan hermosa y tan delicada, tan tetona y con sus exquisitas nalgas rebotando: y él tan fuerte, tonificado, tomando completamente el control de su madre.

Y, antes de darme cuenta, mi polla había explotado.

—¡Qué humillación tan grande! —volví a lloriquear.

Poco después, me quedé dormido, pero al poco rato me despertaron los azotes del cabezal de mi cuarto matrimonial donde, al parecer, mi adorable esposa y mi amado hijo estaban teniendo sexo duro y apasionado, con sus cuerpos calientes y húmedos colisionando el uno contra el otro, ambos farfullando y gritando de placer.

—¡Así, hijo, así… pártele el culo a tu mami… así…!

—Shhhh… papá te va a oír —escuchaba la voz pervertida de mi hijo…

—Tu pa…pá… ya debe de estar… durmie… ahhh… miendoooo… ¡ay que vergota tienes cabrón…! ¡Dame! ¡Mami quiere verga de su bebé! ¡Mami quiere verga! ¡Mami quiere vergaaaaa!

Y entonces lo supe: supe que mi vida familiar no iba a ser la misma a partir de entonces.

Mi esposa estaba completamente emputecida, y mi hijo pervertido ahora estaba dominando hasta las trancas a mi mujer, que para mayores señas, era su madre.

 

Continúa.

 

Comentarios