CORROMPIENDO A MI HIJO (NARRACIÓN DE SUGEY)// CAPÍTULO 7

 

Capítulo 7

Soy la puta de mi propio hijo Parte II

***

Sentí una contracción muy intensa en mi sexo que fue propiciada por el morbo de lo prohibido. De lo transgresor. De lo que era ocasión de pecado. De lo más perverso y abominable del ser. De lo más obsceno de una relación filial. Sentía las mejillas calientes, las pupilas dilatadas y la lengua mojada saliéndome fuera de la boca, como una gata hambrienta.

—“¡Ouggg!”

Una madre jamás debería de estar a cuatro patas con el culo desnudo sobre la cara de su amado hijo, con quien ha fantaseado en la intimidad de su cama matrimonial persistiendo un deseo prohibido que jamás tuvo que estar allí.  

Y, sin embargo, es así como estaba yo, Sugey, aquella madrugada en el interior de un motel clandestino, disfrazada con un indecente traje de látex que se adhería a todo mi voluptuoso cuerpo como si fuese una segunda piel, haciendo las veces de una seductora catwoman, simulando ser una puta delante de su primogénito que acababa de cumplir 18 años.

El trabajo de nosotras, las madres, consiste en guiar devotamente a sus hijos por los senderos de la rectitud, dotándolos de sentimientos nobles, conductas éticas e intachables, e inculcándoles una educación con valores cristianos y con un sentido de responsabilidad que los haga buenas personas en la vida.

No obstante, ¡heme allí!, con mis tetas desnudas colgando sobre mi pecho, con mi cara muy cerca del falo durísimo de mi bebé, que goteaba del glande sin haberlo tocado aún, mientras las paredes internas de mi sexo se apretaban muy fuerte una y otra vez, y las gotas calientes de mi esencia chorreaban desde mi agujero vaginal mojando la cara de mi hijo. Humedeciendo su nariz, su boca, su lengua… y su garganta.

—¡Oh, Dios! —jadee, con mis piernas temblando durante el primer orgasmo que había sucedido sólo por el hecho de tener debajo de mí un fruto prohibido. Mi propio fruto. Al que había llegado en el vientre durante nueve meses.

—¡Hmmgg! —oí resoplar a mi muchacho, mientras yo gozaba de mi corrida.

Un orgasmo distinto a los demás: esos que alguna vez me había ofrecido mi marido junto a los orgasmos sórdidos que me había provocado mi cuñado Fred, su hermano. No obstante, esa noche escapó por mi vagina algo más que fluidos ardientes que me sometieron a mis más recónditas aberraciones sexuales. Escapó también un deseo sobrenatural que sepultó a la mujer abnegada y religiosa que había pretendido ser durante toda la vida, y que dejó en libertad a esa mujer cachonda que admite sentirse excitada con el pecado del incesto.

—“¡Ouggg!” “¡Uuuffff!” “¡Ahaaaahh!” —gritaba yo, perdida en mis propios delirios.

Los espasmos febriles de todos mis músculos obnubilaron mi entendimiento y me costó algún tiempo percibir los dedos temblorosos de mi hijo intentando, como timidez, apretar mis nalgas por inercia.

“¡Dios Santo!” lloriqueé cuando los calores y vibraciones de mi cuerpo, producto del orgasmo, comenzaron a ceder, y me revelaron mi verdadera esencia como madre, como mujer y como cristiana.

 Fue muy fuerte para mí estar en la postura del 69 y, mientras sentía todavía mi rajita empapada, fluyendo y fluyendo en la cara de mi primogénito, ver la joven erección de mi vástago que palpitaba muy cerca de mi boca. La boca de su madre. De su puta madre.

Me restregué las tetas una con la otra, pellizcándome los pezones. Me habría gustado que mi hijo me acariciara las nalgas, que enterrara sus uñas en cada una y que me las abriera, que posara su boca en mi vulva y con sus labios me absorbiera mis pulpas.

—¡Oh! —gemí casi lloriqueando, y me incorporé de pronto, dejando caer mis pesadas nalgas en toda la cara de Tito.

Apenas advertí que lo estaba asfixiando con mi culo cuando empezó a estremecerse y a sacudir brazos y piernas, por lo que me hice aún lado, me tumbé sobre la cama, me incorporé y me bajé, con el pretexto de dirigirme al baño. En el espejo vertical que estaba situado al encontrar vi la burda imagen de una mujer rubia con el rostro congestionado, el labial corrido, los ojos hinchados y un color encendido en las mejillas tras haberse corrido sobre la cara de su propio hijo.

—¡Por Dios!

Como una vulgar ramera, mis senos gordos colgaban en mi pecho enseñando los pezones endurecidos y sonrosados. En la parte inferior de mi atuendo de látex se vislumbraban mis pulpas depiladas, enrojecidas tras haberlas restregado en la cara de Tito, entreabiertas y mojadas, una y otra vez.

Mientras me veía en el espejo y admitía por primera vez lo sucia y aberrante que era como madre, como esposa y como mujer, tuve la oportunidad de haber acabado con todo. Si ya no podía reparar el daño moral y humano que acababa de cometer contra las normas aceptabas por el mundo moderno, al menos debía de intentar resarcirlo. Agarrar mis cosas y largarme de ese lugar, antes de que pudiera seguir trastornando mi mente y profanando el cuerpo de mi niño bello.

Sin embargo, fue oír su voz preocupada, nerviosa, culpable, diciendo, “Oye, ¿estás bien?, ¿hice algo mal o que te ofendiera?” que decidí mandar a la mierda todo lo políticamente correcto y aceptar y aceptarme como lo que era: quizá una golfa, sí, pero sobre todo una madre enamorada de su propio hijo.

—Voy —dije fingiendo una voz más aguda.

Apenas pude respirar profundamente, acomodar la caída de mis pechos sobre la abertura del traje, peinar mis cabellos en la espalda y luego volver al cuarto, que me parecía más oscuro de lo que recordaba.

Vi la silueta de mi hijo un poco incorporado, aunque seguía con su cuerpo tendido, sus piernas alargadas, separadas, y su pene todavía endurecido.

—En serio… —dijo él, con sus palabras arrastradas por el alcohol—, si hice algo mal discúlpame, la realidad es que yo quisiera aprender… esta es mi primera vez.

Y tuve compasión de él. No merecía tener un mal recuerdo. De todos modos Tito no sabía que para mí no importaba su inexperiencia sexual ni su inocencia al estar desnudo por primera vez en su vida delante de una mujer. Lo que me importaba era la situación, que él estuviera allí, sólo para mí, y yo sola para él. En un cuarto clandestino que estaba siendo testigo de nuestros deseos más oscuros. O por lo menos los míos. Así que decidí terminar con lo que habíamos comenzado.

Si alguien tenía derecho de arrebatarle su virginidad, esa era yo, quien lo había parido. ¿Quién mejor que su madre para convertirse en la primera mujer con la que él tendría sexo en su vida?

 

 

***

 

Me puse de rodillas en medio de los muslos separados de mi hijo, que, expectante, observaba cómo catwoman comenzaba un nuevo acto de seducción. Aun si las penumbras reinaban en la habitación, sabía que las vistas que él tenía delante de sí eran exquisitas: mi par de mamas cayendo pesadas sobre sus ojos, balanceándose de un lado a otro, buscando un momento de equilibrio para detenerse.  

—Son enormes —se repitió así mismo el comentario que ya me había hecho antes—… wooow, cómo me gustan… cómo se balancean…

Y vaya si le gustaban: lo digo porque su joven mástil se puso más duro y tieso. En medio de mi ansiedad gatee un poco más hasta que mis gorduras se aproximaron a su boca entreabierta, ofreciéndoselas. Sabía que su corazón latía frenético, como el mío. Su respiración y la mía se volvió condensada. Entonces me agarré los senos con las dos manos y me las levanté con esfuerzo hasta que éstas se desparramaron en su boca.

Mi hijo se sintió excitado y glorioso, al sentir mis dos desmedidos y pesados pechos desplomándose en su cara. Yo también me puse cachonda y dejé caer mis nalgas en mis talones, donde me senté.

—¡Ooohhh! —jadee cuando mi pequeño abrió su boca y comenzó a morder las cumbres blancas de su madre como un bebé hambriento. El roce de sus dientes aceleró mi torrente sanguíneo—… muérdelas… por favor… muérdelas —susurré a modo de súplica.

Él me hizo caso sin demora y afiló sus dientes sobre mi pecho. No obstante, la inmensidad de mis carnosidades hizo imposible que con su boca pudiera abarcar más allá de mis pezones y mis areolas. Lo intentó primero con una teta y luego con la otra, pero fue inútil.

De todos modos lo intentó otra vez, ahora con más fogosidad. El que persevera alcanza, dice el dicho, y era evidente que mi vástago estaba ansioso por tragárselas por completo. De pronto quiso engullirlas, pero al final sólo logró tragarse hasta los contornos de mis grandes areolas.

Y yo sacudiéndome sobre él. Mis piernas temblando. Mis latidos retumbando. Mi cabeza echada hacia atrás y yo, como buena mami, dejándome succionar las tetas por mi nene, que jugaba con ellas como un crío.

—¡Aggrrr!

Tito estuvo intercalando una mama y luego la otra, y la sensación de sus labios y su esponjosa lengua chasqueándome la piel me hizo vibrar de placer. Lo que sí pudimos hacer fue advertir ambos cómo mis pezones sonrosados crecían y se endurecían cada vez que hundía su lengua sobre ellos.

—¡Estrújame las nalgas! —le di una nueva orden, al darme cuenta de que, por su propia inexperiencia, Tito sería incapaz de tener iniciativa—. ¡Vamos, nene, clava tus dedos en mis glúteos!

Me sentía ridícula modulando mi voz para que no me reconociera. Por fortuna, de momento él no tenía ninguna duda de que yo era una ramera profesional que sólo estaba cumpliendo el trabajo que el imbécil de su padre había tenido para consigo. Su atención estaba en mis pechos en su boca y en la forma en que sus dedos se clavaban en mis nalgas.

“¡Si supieras a quién le estás mamando las tetas, mi amor! ¡Si supieras a quién le estás apunto de estrujar las nalgas, mi niño travieso… mi pequeño hombrecito, no sé cómo reaccionarías!”   

Y pensar de nuevo en la transgresión que estaba cometiendo en la ignorancia de mi primogénito me hizo sentirme cerda otra vez. Incluso sentí cómo un nuevo torrente de humedad se desprendía de mi útero y se resbalaba lentamente por la boca de mi vulva.

Seguí mirando al techo, con mis pechos atrapados por mi hambriento bebé, y comencé a contonear mi culo sobre mis talones.

—¡Ay, sí… sí… vamos…!

Los huesudos dedos de mi hijo buscaron mi abertura vaginal debajo del látex, y los metió cautelosamente, hasta encontrar mis glúteos y amasarlos con moderación. Mi pobre nene tenía miedo de ser tan rudo conmigo y lastimarme.

“Si tú supieras, hijo mío, lo putita que es tu mami, lo que le encanta que la azoten, que le suministren caricias burdas por todo el cuerpo y que le hablen con palabras obscenas… seguro no tendrías reparos ni tantas consideraciones conmigo”.

Su boca se deslizaba en mis dos pechos, llenándomelos de saliva y dándoles pequeños mordiscos que me hacían temblar. Con su lengua arrastraba esa humedad que escapaba de su boca y me los mojaba, escupiéndomelos, como si quisiera elaborar una obra de arte salival.

—¡Oh, sí… sí… qué rica boquita… qué ricos labios…! —jadee, moviendo mi culo sobre mis talones, contrayendo mi conchita, que me cosquilleaba como si un montón de hormigas me estuviesen comiendo—… ¡estoy tan cachonda… oh, sí… tan cachonda…!

Mi esfuerzo para que mi voz modulada no me descubriera ante él siguió siendo exitoso. Además, Tito jamás asociaría las palabras “qué rica boca” o “estoy tan cachonda” a su religiosa y la abnegada madre: la que todas las noches iba a su cuarto a darle su bendición mientras le daba inocentes besitos en las mejillas.  

Él sería incapaz de relacionar a la madre que día y noche le daba de comer, la que le lavaba, le planchaba y de vez en cuando lo regañaba cuando se extralimitaba, con la mujer obscena, vulgar y explosiva que le estaba restregando las tetas en medio de burdos gemidos y palabras impúdicas, mientras él amasaba sus calientes nalgas con deseo.  

—Quiero besarte —me dijo de pronto, mientras yo soltaba mis pechos y bajaba mi mano derecha justo a mi entrepierna, donde borbotones de humedad ya me estaban esperando—… por favor… déjame besarte.

¿Por qué iba a negarle a mi hombrecito lo que yo también deseaba con ansiedad? Pero… ¿Cómo besarlo, siendo mi hijo? No es lo mismo un beso maternal que un beso en medio de un acto coital. No es lo mismo un beso inocente, genuino, en la mejilla o en la frente, que un beso que incluya compartir fluidos bucales. Labios con labios. Aliento con aliento. Lengua con lengua.

—Hummm… —dudé, enderezando mi cabeza.

Lo que Tito había hecho con mis tetas de alguna manera era aceptable, porque siendo bebé también se las di a comer. Pero esto que me pedía ya era escalar el grado de contacto corporal, que incluye algo tan íntimo como un beso… Y eso mí me podía. Eso sí que me escalofriaba y me hacía sentir excitada y asustada a la vez.

—¿Sí… puedo besarte? —volvió a suplicarme.

—Claro… que puedes besarme —acepté, como siempre, concediéndole todos sus caprichos.

Suspiré cuando acepté su petición y tragué saliva. Yo también tenía alcohol en el cuerpo, como él. Yo también estaba caliente como él. Yo también ansiaba devorarlo, como él deseaba devorarme a mí, por eso, cuando posé mi boca sobre la suya, no pude controlarme y me desaté.

 Al contacto de nuestros labios prohibidos, uno con el otro, sufrimos una descarga de adrenalina y fuego que nos escalofrío el cuero y nos llenó de calor el pecho.

Lo agarré de la nuca y lo atraje hacia mi boca. Quería que nuestros labios se fundieran como si fuesen una sola boca. Por eso nos ahogamos con nuestro propio aliento. Jadeamos unidos entre sí. Nos devoramos con lascivia.

La culpabilidad que sentía por el que pecado que estaba cometiendo al estar aprovechándome de él se hizo mayor cuando reconocí su aroma. Su sudor. Su aliento. Una madre es capaz de reconocer de sus hijos ese aroma, ese sudor y ese aliento que los hace particulares de los demás. Y con Tito no fue la excepción.

Eran dieciocho años teniéndolo bajo mi techo. Cuidándolo. Atendiéndolo. Amándolo. ¡Cómo no percibir su aroma a hijo, mi hijo…!

—¡Hmmmhggg!

Agitada y caliente, me separé sólo un centímetro de él, y con mi lengua recolecté cada esencia de su boca. De sus labios. De sus comisuras. Él, que seguramente sí había besado a alguna chica por ahí, era muy hábil con su boca, con su lengua, con sus besos…   

Y yo estaba tan cachonda que me subí sobre él, de manera que el pecho de mi cuerpo, (o quizá de mis tetas) venció su fuerza y caímos rendidos sobre la cama, yo encima de él, a horcajadas. Nos sonreímos, aunque él tenía los ojos cerrados, dejándose llevar. Luego vino él con su lengua recorriendo cada centímetro de mi paladar, en el interior de mi boca, y en ningún momento dejó de estrujarme las nalgas.

Por eso me incorporé un poco, reacomodando mi cuerpo para que la postura sobre sí no fuera incómoda para ninguno de los dos.

—¡Muhaaaffgggg! —Continuamos besándonos.

Mis piernas estaban al lado de sus laterales. Mis tetas en sus pectorales. Mi boca en su boca. Mis gemidos en sus gemidos. Mi pelo en sus mejillas y en su cuello. Y, mi finalmente, mis nalgas y mi entrepierna a la altura de sus genitales.

Quiero decir que tenía levantadas mis caderas, con mi culo en pompa, muy cerquita de ese glande que coronaba su mástil sonrosado y que debía de estar babeando. Por mi parte, no llegué a tocar con mi cuerpo su falo. Aún no me sentía preparada.

Entonces mi bebé hizo algo que no esperaba. Deslizó su mano izquierda hacia mi entrepierna humectada al tiempo que recorrió con su dedo corazón toda mi vulva.

—¡Aaahhh! —gemí en su boca.

Por un momento quise detenerlo, decirle que no fuera “un niño malo” que no podía tocar de esa forma “a su madre”, pero pronto caí en la cuenta de que ya habíamos traspasado las líneas rojas que limitaban la carnalidad entre un hijo y su progenitora. De todos modos, no habría podido soportar que apartase sus dedos de mi rajita empapada.

Desde que recuerdo he tenido una facilidad enorme para mojarme ante cualquier tipo de roce. Y esa noche no fue la excepción. De hecho no es para menos. ¡Mi hizo estaba recorriendo con sus yemas el sexo de su propia madre…! ¿De qué otra forma iba a reaccionar?

—¡Ah! ¡Hmmm!

Los dedos de mi hijo exploraban mis mayores, introduciendo su dedo corazón dentro de mi cavidad vaginal, lo que me produjo una onda expansiva de hormigueo que me llegó hasta los pezones empitonados.

—¡Hummmmggg!

Mientras eso ocurría, nos seguimos comiendo la boca con un deseo indescriptible. Insano. Antinatural. Su lengua y la mía se encontraban una y otra vez y comenzaban a lamerse con lujuria. Jamás imaginé que el aliento de mi propio hijo me fuera a escalofriar el cuerpo entero.

Mis pezones seguían clavándose sobre su pecho. Su respiración y la mía eran agitadas y muy cálidas. Y yo estaba chorreando de placer como una cerda sobre él. Cualquiera que mirara mi conchita de cerca habría podido ver cómo se contraía una y otra vez, apretando el dedo de mi bebé.  

—¡Hummmgggg!

Mis labios mayores y menores debieron de estarse abriendo y cerrando sobre sus falanges, como si mi rajita respirara por sí sola. Como si también quisiera gemir por ahí. Lo cierto es que estaba muy cachonda. Mi libido estaba encendida como nunca. Y si hubiera podido, me habría desnudado por completo, para que mi cuerpo y el de mi hijo estuvieran unidos con total libertad.

Sin embargo, no podía permitir que mis fantasías más bajas hiciesen arruinar lo que hasta ahora había ganado. No me perdonaría nunca saberme descubierta por mi hijo y que éste se alejara de mí para siempre.

Por eso dejé que sus dedos libres amasaran mis nalgas con la inexperiencia de un chico que jamás había acariciado a una mujer desnuda tenía. Pero era precisamente esa inexperiencia lo que hacía que sus magreos fuesen genuinos. Toscos. De pronto violentos.

—¡Azótame las nalgas, nene! —le pedí de pronto, engrosando la voz.

Vi sus ojos entreabiertos, llenos de dudas, y luego también lo vi tomando la decisión, cuando extrajo sus dedos de mi abertura para luego cachetearme con las dos manos extendidas. 

“¡Plaz!”

El sonido de los primeros cachetazos me hizo temblar como una perra.

—¡Más fuerte! —demandé como una posesa—. ¡Azótame más fuerte!

“¡PLAZSSS!”

—¡HAh! —grité.  

Así me azotó el culo varias veces, hasta que finalmente se quedó tenso, agitado, y con una respiración insistente que me decía que había llegado la hora de penetrarme.

“¡Por Dios!” me horroricé. ¿De verdad lo iba hacer? ¿En serio sería capaz de hacer la peor monstruosidad del mundo permitiendo que mi hijo incrustara su pene erecto dentro de mí… que era su madre?

Tuve miedo de que su mirada fija sobre mis ojos encontrara un atisbo familiar que le recordaran a mí. Quizá por eso aceleré todo el proceso y me tumbé a su lado, quedando bocabajo. Y le dije:

—Ponte de rodillas…

Mi pecho estaba latiendo muy fuerte dentro de mi cuerpo mientras sentía cómo mi hijo se incorporaba con torpeza gracias a su ebriedad, y se ponía de rodillas sobre la cama, a mi lado derecho.

—Ponte detrás de mí —le dije.

Quise que así fuera porque de frente, mirándonos a los ojos, habría sido imposible haberme entregado a él. Habría sido imposible que él no me descubriera. Por eso decidí que me cogiera en cuatro, como se les coge a las perras. Qué más daba.

Pero entonces mis propias rodillas y mis gordas piernas comenzaron a temblar violentamente mientras yo luchaba con terror al ponerme a cuatro patas sobre la cama.

La excitación, la incertidumbre, el miedo, la indecisión y mis remordimientos me sobrecogieron cuando finalmente quedé en cuatro. Y juro por Dios que no creí poderme sostener. Las manos que tenía apoyadas en la cama me temblaban de nervios. Lo mismo pasaba con mis rodillas.

De hecho, tuve que ponerme varias almohadas debajo de mi vientre para lograr equilibrar mi cuerpo.  Y entonces tuve vergüenza. ¿Cómo podía estar haciendo todo esto? ¿Cómo podía ser tan sucia para estar a cuatro patas delante de mi hijo, que seguramente, y aun entre la semioscuridad, estaría viendo las pulpas mojadas de su madre? ¡Mi vulva palpitante! ¡Mi ano oscurito que no dejaba de contraerse! Mis nalgas enormes abriéndose a voluntad, como invitándolo a acomodarse en medio de ellas.

—Oh —le oí murmurar, agitado, detrás de mí.

¿Se habría dado cuenta ya de lo mucho que me estaba estremeciendo? ¿De lo nerviosa que estaba? No lo sé. Lo cierto es que dejé caer mis pechos con todo mi torso sobre la cama, delante de las almohadas, y usé mis manos para abrirme las nalgas con obscenidad con el propósito de enseñarle a mi primogénito la hendidura (que ya debía de estar entreabierta y dilatada) por donde debía introducir su erección.  

—Por este agujero meterás tu pene —le dije como si instruyera a un bebé de brazos.

Era evidente que mi hijo sabía a la perfección lo que era una vagina. Habría visto cientos de películas pornográficas en su vida y sabía de pies a cabeza la teoría. Lo que le faltaba era la práctica… y había llegado el momento de culminar con la clase.

—Muy bien —dijo, posando de pronto sus blancas manos en mis caderas.

Me pude imaginar a mi hijo concentrado en mi culo, sin apartar su vista de mis genitales húmedos, mientras la cola de látex de gato colgaba en la cima de mi culo. Aunque pasaba de los cuarenta años, confiaba en mi cuerpo maduro. Él no iba a rechazarme. Por eso, cerrando los ojos, y mordiendo la sábana de la cama, le dije casi con un susurro.

—Métemela dentro…

Estaba muy nerviosa. ¿En verdad iba a permitir que mi hijo me penetrara? ¡No! ¡No! “Eso no, Sugey… tiene que haber otra manera de hacerlo hombre…” me gritaba la conciencia “él no puede ingresar su pene en tu vagina… ¡No puede! ¡Sería una abominación!”

Pero mi sórdida humanidad, aquella a la que la sola idea de imaginar el falo de su hijo batiendo sus caldos la mojaba, le volvió a decir a Tito:

—Vamos, cariño… métemela ya.

“No puedes hacerlo, Sugey, ¡es tu hijo! ¡No puedes ser tan cochina!”

—¿Lo hago…? —me preguntó él vacilando, a la vez que se acercaba un poco más hasta mi cavidad.

“No, no, ¡tienes que parar! ¡Tienes que parar! ¡Dios todopoderoso! ¡Esto no puede pasar! ¡No dejes que te la meta, no lo dejes, Sugey!”

—Sí, cariño… mete tu pene dentro de mí…

Al posar su glande mojado sobre mi vulva, un gélido escalofrío recorrió toda mi columna vertebral. El contacto de su sexo y el mío me obnubiló, y sin siquiera habérmela metido mi útero comenzó a convulsionar…

—¡Empujaaa! —lloriqueé entre horrorizada y lujuriosa.

De pronto sentí cómo su cabeza comenzaba a irrumpir en mi interior, pasando entre mis gorditos labios vaginales que acariciaron su erección y lo recibieron con abundante mucosidad.

—¡Aaah… un poco más! —seguí lloriqueando, sumida en el éxtasis de la sensación de sentirme invadida—. ¡Empuja… más!

Conforme mi vagina se iba dilatando e iba engullendo la verga de mi hijo, yo iba apretando su longitud con mis paredes vaginales a fin de ofrecerle una sensación de placer indescriptible, al tiempo que él mismo con su pene estimulaba cada una de mis terminaciones nerviosas.

Por eso gemí, lloriqueé y jadee mientras él se introducía dentro de mí, centímetro a centímetro, sintiendo cómo mi cuerpo se quemaba ante tal invasión.

—¡Joder! —le oí farfullar ante la deliciosa sensación que él mismo experimentaba al hundirse dentro de mí.

Cuando sus testículos finalmente tocaron mi culo me sentí desfallecer. Mi cuerpo temblaba de horror, de excitación. De locura. De ansiedad. Y el magma que escapaba de mi vagina era la prueba fehaciente de que había perdido la razón.

¡Metafóricamente tenía al hijo de mis entrañas justo allí, en mis entrañas! ¡Dios! ¡Dios! Y encima sentía deliciosa. Me sentía extasiada teniéndolo tan dentro. ¿Qué clase de cerda era para sentirme excitada estando ensartada por mi propio hijo?

—Ahora sácala a la mitad… y después me la dejas ir toda, mi amor —lo instruí como la buena madre que era.

Y él lo hizo, como buen aprendiz, dejándose llevar por su propio instinto animal. Las primeras embestidas fueron lentas, tan suaves y discretas que apenas me producían dolor. Pero las de después, ¡uf…!, las de después fueron más sórdidas y deliciosas.

Incluso yo misma ayudé a que los impactos de mis nalgas contra sus muslos fueron más sonoros cuando empecé a impulsar mi sexo contra el suyo.

—¡Ah! ¡Agh!

No me importó su inexperiencia ni su presunta timidez. Lo que a mí me hizo tener mi segundo orgasmo de la noche fue saberlo allí, metido dentro de ti.

—¡Ohh… cariño… cariñooo!

“Te estás cogiendo a tu madre, hijo… ¿qué estamos haciendo, mi bebé?”

Mi infierno lo sentía ardiendo en mi agujero vaginal, mientras mi conciencia comenzaba a acusarme:

“¡Degenerada! ¡Inmunda puta! ¡Te estás cogiendo a tu propio hijo! ¿Cómo puedes ser tan cerda?”

Pero fue oír los gemidos de placer de mi propio hijo: sus manos aferradas a mis nalgas. Su pelvis azotándose contra mi sexo, y ese calor que irradiaba de su cuerpo hasta el mío lo que me hizo saber que todo lo que estaba haciendo de alguna manera estaba valiendo la pena.

Y yo, aun sintiendo culpabilidad y remordimientos, continué ardiendo de placer, sabiéndome una puta pecadora. Porque no hay acto más morboso, terrorífico y placentero a la vez que tener el pene de tu propio hijo palpitando dentro de ti.

—¡Oh, mi amor… menea tus caderas… y azótame! ¡Azótame fuerte! ¡Cabálgame, oh, sí, sí, sí!

Sus movimientos se originaban a merced de su propio placer. Lo hizo furibundo. Guiado por sus propios instintos. Con sus dos manos me nalgueaba y yo seguía aullando como una gata en celo mientras mi coño se volvía a contraer y volvía a descargarme en un nuevo e intenso orgasmo que le empapó la polla, testículos y muslos.

—¡Qué rico, mi amor, qué ricoooo! —bramé, oyendo sus varoniles jadeos, mientras seguía bombeándome.

—¡Ufff! ¡Aaaah!

Él no sabía que la puta que se estaba cogiendo dentro del disfraz de catwoman era su madre, y quizá por eso no le importó correrse dentro de mí sin siquiera avisarme. A lo mejor él ni siquiera tuvo tiempo de advertirme. Lo cierto es que de pronto me sentí invadida por un torrente muy caliente que inundó cada rincón de mi vagina.

—¡Aaaahhhh! —se estremeció como si se electrocutara mientras hundía sus dedos en mis nalgas.

Sentí lágrimas escapar por mis mejillas, aunque no entendía la razón. Mis gemidos eran de rabia, de impotencia, de morbo y de placer. ¡Era una loca! ¡Una maldita mala madre! ¿Por qué había permitiendo este acto incestuoso? Y precisamente con él, con el hombre más importante de mi vida. ¡Mi propio hijo! A quien había sobreprotegido toda mi vida, ¿y todo para qué? Para un día corromperlo de esta manera.

Y aun así él sacó su pene de mi vagina y yo me tumbé por completo sobre la cama. Y allí permanecí lloriqueando, mientras sentía cómo los gruesos goterones de semen de mi propio hijo escapaban insolentes por mi hendidura vaginal en tanto él corría al baño del motel y se encerrada. Para mi sorpresa lo oí lloriquear, y yo me aterroricé por no saber la razón, ¿es que me había descubierto? ¿Es que toda la noche lo había sabido y me lo había ocultado?

Al pasar varios minutos me incorporé, preocupada. Me senté en la cama y al ponerme de pie fui corriendo hacia mi valija, en cuyo interior se alcanzaba apreciar la vibración de mi teléfono.

Miré hacia la puerta del baño, que seguía cerrada, y luego miré la pantalla de mi celular. Era un mensaje de mi hijo, donde se disculpaba por haberse distanciado durante ese día de mí, terminando con un…

“…perdóname por lo que he hecho, mami, sé que no te merezco… más aún porque te he faltado… y lo peor es que papá es el culpable de todo. Aun así nunca olvides que te amo.”

Y allí una parte de mi corazón ardió. Y la otra se paralizó, mientras yo completamente quedaba en shock.

No.

Él no me había descubierto aún. Tito no sabía que yo era la prostituta con la que acababa de tener relaciones. Él creía aún que yo estaba en casa, quizá dormida por la hora que ya era. Lo mejor y lo peor a la vez es que mi hijo se sentía culpable, se sentía terriblemente mal, porque de alguna forma creía que me había traicionado teniendo sexo con una prostituta, lo que significaba que para él yo era más importante de lo que yo misma me podría haber imaginado.

Y entonces lo entendí. Esa fue la primera vez que sospeché que quizás… y sólo quizás… mi hijo no sólo me veía como su madre… sino como una mujer a la cual amar.

 

CONTINÚA

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