CORROMPIENDO A MI HIJO (VERSIÓN SUGEY)// CAP. 3
Capítulo 3
***
Aquella
ocasión, después de haberme masturbado sobre la cara de mi hijo sedado,
frotándole mi clítoris en su boca, y con mis senos hundiéndose en su pubis,
hice una última locura:
Me puse a
gatas nuevamente sobre él, sin llegar a colocar todo mi peso sobre su cuerpo
para no despertarlo (aunque con la medicación era casi imposible que lo
hiciera). Apoyé mis gordos senos en su pecho y me aseguré de que mis rígidos pezones
se friccionaran con los suyos. Esa fricción entre dos cuerpos ardientes que
tienen a sudar entre sí.
Y comencé a
balancearme sobre mi hijo. Mis pezones se quemaban sobre los suyos. De vez en
cuando mis mamas se aplastaban en sus pectorales y la sensación de electricidad
era mayúscula. Cuando menos acordé nuevamente se me remojaron las pulpas
vaginales y comencé a estilar, como si fuese una naranja que exprimes y cuyos
chorros destilan sin control.
Estaba
mojada. Me sentía sucia. La calentura de mi cuerpo no me daba tregua y me
exigía más. Mi lengua apetitosa quería serpentear en los labios de mi
primogénito. Sentir la blandura de su piel. Toda yo era un espectáculo de mujer
pervertida y degenerada que pretendía más de lo que merecía. Lo peor es que ya
no me conformaba con sólo acariciarlo. Yo también quería ser acariciada.
Necesitaba
una lengua recorriendo los pliegues mojados de mi vagina. Incluso mi ano virgen
palpitaba por el deseo de que me lamieran mi delicioso agujerito. Mi clítoris
se había descapuchado y deseaba con ansias que una boca ardiente lo absorbiera.
Que lo mordiera. Que me hiciera bramar como perra.
No me bastaba
frotarme con mi propio hijo, ambos desnudos en su cama. No. Yo en verdad
necesitaba sus manos recorriendo mi espalda, provocándome escalofríos con sus
yemas. Acariciando mis amplias caderas. Apretujando mis gordas nalgas. Ansiaba
su lengua saboreando mis puntiagudos pezones. Recorriendo con la punta los
contornos de mis areolas.
—¡Oh, Dios!
Cuando las
mujeres nos ponemos cachondas solemos perder el norte. Y yo lo perdí esa noche
con mi hijo. Con mi amado hijo.
A medida que
mis firmes pechos acariciaban los pectorales de Tito, restregándose pezones con
pezones, comencé a echar las nalgas hacia atrás, enarcando hacia adentro mi
espalda para que mi vagina alcanzara su entrepierna. Entonces mi visible humedad
mojó sus vellos púbicos, y esos pelillos rizados me cosquillearon de forma
deliciosa.
“¡Oh, sí, oh, sí!” “¡Mami se restriega con
su bebé!”
Mi
hombrecito, entonces, emitió un ligero gemido justo cuando sentí que mi
hendidura vaginal tocaba su glande. Fue un roce que me hizo jadear como una
golfa. Aunque su pene había estado en reposo, luego de este obsceno y aberrante
contacto entre la vagina de una madre y con el glande de su hijo, su miembro
despertó y comenzó a ganar dureza. Y me asusté al tiempo que me doblegaba ante
mis más enfermos deseos.
“¡Qué rico, qué ricoooo, mi vida… mami
siente rico mientras se levanta tu pene!” “¡Oh, sí, bebé, qué rico siente
mami!”
Dejé que mis
piernas se abrieran por completo, de manera que dejé caer mis genitales sobre
los de Tito, mi bebé. Mi vientre se encontró con su vientre y mis pechos se
aplastaron aún más contra sus pectorales. La gordura de mis senos se convirtió
en una almohada entre mi cuerpo y el suyo.
Al poco rato
miré a mi hijo cuando éste volvió a jadear un “ma… miii”, sin abrir los ojos, sin emitir por completo las
palabras. Yo me desquicié. Me horrorizó el hecho de que él se pudiera despertar
y me viera allí, como una loca, desnuda recostada sobre él.
Juro que los
latidos de mi corazón azotaron mi pecho. Pero sólo fue un susurro entre jadeos.
Él, inconscientemente, percibía mi presencia. La presencia de la puta de su
madre que estaba cometiendo un pecado de magnitudes bíblicas: uno que no puede
ser comprendido por la sociedad.
—¡Perdóname,
mi amor, por ser tan sucia, por ser tan mezquina!
Lo peor es
que mi calentura no aminoraba. De hecho no puedo explicar esa sensación de
electricidad que surgía desde mi útero cuando sentía la piel desnuda de mi hijo
y se esparcía por mi vagina, muslos, piernas, abdomen, pechos, y encendían mis
pezones y mis areolas rosadas. La sensibilidad que lograban mis labios
verticales ante el tacto de su fina vellosidad, de su glande, de la rugosidad
de su pene, era y es indescriptible.
De pronto el
hormigueo aparecía en mis órganos sexuales. Toda mi piel ardía. Los espasmos
que se producían desde mi interior me poseían con calores muy ardientes que me
hacían sudar.
—“¡Lo siento…
lo siento…!” —lloriqueaba, cuando la dureza del glande de mi hijo comenzó a
jugar con la abertura de mi vagina, que se abría como una rosa fresca y húmeda
sobre él, como invitándolo para que accediera—. ¡No puedes metérmela, mi vida…
eso no lo puedes hacer… soy tu mami… y tú eres el niño de mis ojos! ¡Es pecado
que metas tu pene en la vagina de tu mami… eso no, mi amor, eso no mi bebé!
Y yo le decía
estas plegarias, y el glande mi hijo golpeteaba la abertura de mis labios bajos,
exigiéndome penetrar. Y yo sentía ese calor delicioso de su cabeza inferior
luchando por adentrarse. Y yo me frotaba contra su cuerpo como una gata en
brama. Por un lado lo quería fuera. Pero la parte menos racional de mí lo
necesitaba dentro, cometiéndome. Mi vagina tragona lo quería devorar. ¡El pene
de mi propio retoño! De la luz de mi vida. Y comencé a lloriquear por la rabia,
el deseo y el pudor.
Pero al mismo
tiempo tuve una extraña sensación de cosquilleo en mis partes nobles semejante
a cuando quieres orinar. No podía controlarme. Era una sensación tan caliente
que de pronto sentí ese vergonzoso deseo de venirme. De dejarme explotar. Era
como si algo muy caliente y cosquilleante se inflara en mi útero y se hiciera
grande, cada vez más grande, a punto de detonar.
—¡Oh, Dios…
no dejes que me la meta… no dejes que me la meta! —lloré sobre el inerte cuerpo
de mi primogénito, mientras echaba mi culo hacia su pene. De palabras decía que
no, pero de acciones quería que sí—.¡No permitas que cometa este pecado! ¡NO lo
permitas!
Pero mientras
lanzaba plegarias al cielo, yo misma, inconscientemente, echaba mis partes
sexuales hacia más arriba del glande de mi hijo, como si quisiera tragármelo.
Como si quisiera absorberlo por mi vagina. Aplasté más fuerte mis tetas contra
el pecho de mi bebé y al poco rato casi pude sentir cómo su pene endurecido entreabría un poco más mis pulpas mojadas.
—“¡Oh, no!”
“¡Oh… no!” “¡No puedo hacer esto!” “¡NO PUEDOOOOO!”
Su glande
chasqueó la boca de mi vagina justo cuando un estadillo procedente desde mi
vientre comenzó a expulsar chorros de placer sobre la entrepierna de mi hijo.
Sufrí fuertes
espasmos sobre él. Mis pezones se hundieron en su piel. Mi boca atrapó la suya
y la lamí. Su mentón todavía estaba mojado por mi anterior orgasmo. Por eso,
mientras mi pecadora lengua lo lamía, su sabor a mis propios flujos vaginales
me enloqueció. Y así me quedé un buen rato, arriba de él, ambos desnudos,
mojados, calientes… fascinados por algo que… para él, nunca sucedió.
***
Al día
siguiente me masturbé al menos cinco veces, y en todas me corrí. Una fue
mientras me duchaba, y otra fue en el exterior del cuarto de mi hijo. Las otras
cuatro fueron en mi propia cama matrimonial, mientras recordaba lo que había
pasado la noche anterior.
A partir de
ese episodio mi calentura no cesó, aunque sí perdí el apetito sexual con
Lorenzo, que de todos modos no era un gran admirador para tener sexo conmigo.
Las pocas veces que intentó al menos tocarme las tetas o exigirme que lo
masturbara, yo me negué. Mi marido ya no se me antojaba y él adjudicó estas
negativas a mi estrés laboral, y el pobre se tuvo que resignar.
Sin embargo
yo continuaba cautivada con mi propio hijo. Sin hacer más que quererme,
abrazarme y tratarme con cariño, él me había metido esa pequeña espinita de
querer sacar lo más frívolo y ardiente que tenía en mí. De alguna manera yo ya
me consideraba suya aún si ni siquiera me había fornicado por completo. Porque
¿cómo alguien sangre de tu sangre puede hacerte el amor?
Tito mejoró en
los días siguientes, aunque lo notaba un poco serio e intranquilo. Mi hijo me
observaba de forma extraña desde la cama cuando le llevaba la comida. Por un
momento quise saber si acaso él había estado despierto durante esa noche en que
me comporté con él como una zorra. Y tan solo imaginarlo comencé a
horrorizarme.
Desee poder
leer su mente y saber qué le ocurría, ¿por qué me observaba así? Un día me armé
de valor y se lo pregunté directamente:
—¿Pasa algo,
mi amor?
—No… mami —me
sonrió un poco misterioso. Me miraba con una adoración y temor bastante extraña
en él—. Bueno… en realidad no sé… Creo que fue un sueño. Más bien una pesadilla.
—¿De qué
hablas, cariño? —me hice la desentendida cuando me lo dijo.
Tito caviló
en silencio, apretó los labios, me volvió a sonreír y simplemente terminó con
el tema, diciéndome:
—No pasa
nada, mami. No me hagas caso. Estas pastillas que me recetaron creo que me
están haciendo delirar… y sentir ciertas cosas.
Y no le insistí con el tema. Por fortuna mi
hijo continuó mejorando y me obligué a nunca más sobre exigirle tareas en casa.
Él era joven
y muy guapo y merecía su libertad. Merecía amar. Si Ernesto quería tener una
novia pues entonces que la tuviera. No tenía por qué oponerme. Por mucho que yo
lo quisiera solo para mí, debía de entender que mi hijo ya era un hombrecito y
que si quería tener una novia entonces debía dejarlo ser.
Debía
comenzar a prever que era posible que un día él quisiera una familia, se casara
y se fuera de casa.
A lo mejor
eso a mí también me ayudaría para dejarlo de ver como… un objeto sexual.
***
Previo a que
mi hijo cumpliera 18 años de edad un día escuché una de las peores
conversaciones que una madre puede escuchar. Era de noche y faltaban tres días
para el cumpleaños de Tito.
Yo estaba
saliendo de la ducha y se me hizo raro que Lorenzo estuviera en el cuarto de
Tito, según pude oír su voz desde afuera. Mi marido nunca fue muy cercano a
nuestro hijo. De hecho habían sido contadas las veces en que él había entrado a
su habitación. Por eso me extrañó que estuviera con él.
Al principio
sentí una gran alegría por este acercamiento entre padre e hijo. Le había
pedido tanto a Dios que Lorenzo amara a nuestro primogénito como los padres
normales que por un momento tuve ganas de llorar al creer que estaban limando
asperezas.
Pero qué
equivocada estaba. Lo supe cuando me acerqué a la puerta, sintiendo curiosidad
por lo que se decían, y entonces me enteré de esa horrible conversación.
—¡Por favor,
papá, te lo agradezco, te juro que te lo agradezco, pero no… eso no!
—¡Me estás
haciendo emputar de verdad, Ernesto! —le decía mi marido con voz tronante—.
¡Este regalo que estoy haciendo por ti es lo que normalmente obsequia un padre
a su hijo! Mi padre me lo obsequió mucho antes, a los catorce, creo, para que
me hiciera hombrecito.
Yo no
entendía de lo que estaban hablando, y la ansiedad por saberlo me tenía
trastornada. Por lo pronto podía oír a mi niño asustado por algo y su padre
bastante furioso, tratando de convencerlo de “ese algo.”
—¡Es que yo…
si mamá se entera…! —se lamentaba Tito.
—Sugey ahora
no vale en lo que estoy diciendo —dijo mi marido, y su respuesta me molestó bastante.
Sea lo que
fuera de lo que estuvieran hablando, para mi hijo mi opinión significaba mucho,
aun si Lorenzo la subestimaba.
—¡Pero papá!
—¡Vas a
cumplir dieciocho años, cabrón, ¿y sigues siendo virgen?!
¡Por Dios! Me
estremecí de arriba abajo. ¿Pero mi hijo era virgen en verdad? ¿Y entonces qué
pasaba con su novia?
—¿Tú qué
sabes, papá? —contestó Tito avergonzado.
—¡Me lo
acabas de decir, bruto!
—¡Pero pensé
que esta conversación era… por otra cosa… no porque me querías llevar a un
motel para estar a solas con una prostituta!
¡¿Qué?!
El corazón
por poco me estalla de horror al escuchar cosa semejante. Lancé un gemido
fuerte, pero ninguno de mis inquilinos me escuchó.
—¡Es la mujer
maravilla! —le soltó Lorenzo muy quitado de la pena—. Y ten la seguridad de que
como su nombre lo dice… ella te hará maravillas.
—¡¿La mujer…
marav…?! —la voz de mi hijo salió con asombro y terror. No parecía dar crédito,
como yo, de lo que Lorenzo le decía—. ¡Joder, papá, te has vuelto loco!
—¿De qué te
asustas, Tito? —contestaba mi marido con orgullo—. ¿Es que no es lo que les
gusta en estos tiempos a ustedes los muchachos, las mujeres disfrazadas de
súper héroes? Anda, cabrón, no te pongas remilgoso.
—¡Te juro que
te lo agradezco, papá, no sabes cuánto —decía mi hijo muy nervioso—, pero yo no
puedo aceptar lo que me propones! ¿Qué va a decir mi mamá si…?
—¡Y dale con
tu madre! ¿Es que no la puedes dejar de mencionar un rato, Tito? A ver. Ella te
hará tu propia fiesta aquí, el sábado. Invitará a tus amigos, habrá cerveza,
tequila, baile, comida, pastel, todo lo que quieras y que por cierto yo pagaré.
Sugey está muy ilusionada organizándote todo esto y en ningún momento se lo
vamos arruinar. Pero también te pido que me des la satisfacción a mí de
organizarte lo que ya te dije. Mi regalo ya será después de la fiesta, no
interferirá con la de tu madre. Tu tío vendrá por nosotros y te llevaremos al
motel donde ya te estará esperando la prostituta que te contratamos.
—¿El tío Fred
está involucrado en todo esto, papá?
Y yo también
quedé colerizada al saber que el hermano menor de mi marido estaba metido en
toda esta marranada.
—¿Pues quién
crees que negoció con la mujer esa? Dice el tío Fred que se cae de buena la
cabrona.
No pude
evitar sentir celos, rabia… resentimiento. ¿Mi marido se habría acostado alguna
vez con alguna de esas prostitutas que conseguía el tío Fred? ¿Las prefería a
ellas antes que a mí? ¿Por eso de unos años para acá ya no me tocaba, porque
prefería tener sexo con una prostituta antes que conmigo? ¡Qué asco! ¡Qué
horror! ¡Qué indignante! Tuve ganas de irrumpir, pero preferí seguir
escuchando.
—¡¿Y ustedes
van a llevarme personalmente a ese motel?!
—¿Qué de malo
hay? —contestó Lorenzo—. Es lo normal. Si yo te voy a regalar a la vieja esa,
pues tengo que estar ahí para entregártela. No pasa nada. Te dejamos con ella,
le pagamos y nos vamos. Al día siguiente vamos por ti.
Y yo estaba
alucinando afuera del cuarto. Sentía que me caería al suelo de un momento a
otro. Los nervios se me crisparon y por un momento tuve ganas de entrar a la
habitación de mi pobre hijo y castrar ahí mismo a Lorenzo. ¿Cómo era posible
que le estuviera diciendo semejantes marranadas? ¿Cómo era posible que le
estuviera intentando regalar una noche con una prostituta para arrebatarle la virginidad?
—¡Papá, yo
tengo novia, ¿sabes?! ¡No le puedo hacer esto!
—¡No me
salgas con esas tonteras, Tito! Yo no te creo nada de que tengas novia, ¿cómo
puedes tener novia y ser virgen?
—¡El día de
la fiesta te la presentaré para que lo compruebes!
—¡De nuevo te
lo pregunto, cabrón! ¿Cómo puedes tener novia y ser virgen?
—¡Porque
nuestra relación se basa en el respeto mutuo! Ella y yo nos entendemos. Tenemos
planes. Y cuando tenga que pasar algo entre nosotros pues pasará, sin ser
forzado nada.
—¡A mí se me
hace que eres maricón, y que el cuento de tu noviecita esa es sólo para
simular!
—¡Cómo puedes
decir eso de mí, papá! —contestó mi hijo herido de verdad.
A mí me dio
rabia que Lorenzo lo volviera a increpar con esos temas horribles de su
sexualidad. ¿Cómo podía tener tan poca empatía por su propio hijo? ¿Cómo podía?
—¡Siempre he
pensado que mi primera vez fuera diferente, papá!
—Supongamos
que tienes razón, que es cierto que tienes novia y que un día de estos vas a
follar con ella. ¿Qué vas hacer si a la hora de la hora no puedes? ¿Qué va a
pensar esa pobre muchacha de ti si llegado el momento tú no la sabes tratar en
la cama?
—¡Esto
empieza a incomodarme!
—¡Me vale un
pito si te incomodo o no! He pagado una buena pasta por esa mujer maravilla y
no vas hacer tú quien me haga perder ese dinero. Demuéstrame que eres un hombre
y acepta mi regalo. ¿Sabes cuántos muchachos de tu edad querrían que sus padres
fueran como yo y les pagaran una puta para que los haga hombrecitos? Pues
entonces no me defraudes. Prepárate para el sábado después de la fiesta de tu
madre y… por favor, no me quedes mal. ¡Hazme sentir orgulloso de ti al menos
una puta vez en la vida!
Dicho esto
Lorenzo hizo amago de salir del cuarto y yo me encerré en la ducha, sólo para
dejar que mi marido se fuera a nuestra habitación. Cuando volví a salir del
baño me acerqué al cuarto de mi hijo y oí cómo gimoteaba ante los chantajes
emocionales de su padre.
¡Y esto yo no
lo iba a permitir!
***
—¡¿Cómo te
atreves si quiera a pensar que llevarás a tu hijo con una prostituta barata?!
—le grité cuando entré a nuestra habitación hecha una furia.
Lorenzo
estaba echado en la cama mirando televisión.
—¿Ya te fue
con el chisme el maricón?
—¡SI LO
VUELVES A LLAMAR MARICÓN TE ABOFETEO! —lo amenacé.
Mi marido se
incorporó, como retándome, y yo le lancé una mirada furibunda.
—¡Ni creas
que voy a permitir que le hagas algo semejante a mi hijo!
—¡Que no se
te olvide que también es mío!
Me quedé en
silencio ante su respuesta, y luego de meditar me acerqué a la cama y continué:
—¡Eso que
quieres hacer es una marranada! ¡Una perfecta aberración! ¿Cómo vas a llevar a
tu propio hijo con una maldita prostituta? ¿En qué estabas pensando cuando
ideaste cosa semejante?
—¡Estaba
pensando en hacerlo hombre! —respondió indignado—. ¡Mis amigos empiezan a
burlarse de mí porque piensan que Tito tiene ademanes bastante femeninos! No le
gusta el futbol, se la pasa encerrado en su cuarto sin hacer trabajos de
hombres. No sale con chicas ni sale con los hijos de mis amigos.
—¡Porque es
tímido! ¡Nuestro hijo es tímido! —respondí con lágrimas en los ojos. Me dolía
en el alma que mi hijo sufriera por culpa de su padre, que no se cansaba de
menospreciarlo—. ¡Además él tiene novia!
—¿Tú la
conoces? —me gritoneó mi marido.
—¡Pues no,
pero…!
—¿Lo ves?
Además de rarito tu hijo es un mentiroso. ¡Ni tú ni yo conocemos a esa mentada
novia! Ni siquiera sabemos cómo se llama, porque ella no existe.
—¡Lo que pasa
es que no le hemos dado la confianza para que nos cuente sus intimidades!
—Pues al
menos yo ya le saqué eso de que es virgen, mujer, ¿qué no te lo dijo a ti? Se
supone que es muy apegado a ti, ¿no, Sugey? A ti te debería de contar esas
cosas.
—¡Tal vez le
da vergüenza contármelo, Lorenzo! ¿Pero sabes? A quien se lo debería de contar todo
esto es a ti, que eres hombre. ¿Pero sabes por qué no lo hace? ¡Porque tú no le
has producido confianza! Te la pasas ofendiéndolo, burlándote de él, ¡ese carácter
que le falta es porque tú lo has minimizado! ¡Te tiene miedo! ¡Te tiene horror!
¿Y ahora pretendes llevarlo con una prostituta para que le quite si virginidad?
—¡Eso es más
de lo que puedo ofrecerle!
—¿Es que no lo
quieres, por Dios?
—¿Cómo
carajos no lo voy a querer, Sugey? ¡Lo que pasa es que él no es lo que yo
esperaba! ¡Eso es todo! Y, por favor, ya no continúes con esto, que entre tu
hijo y tú harán que me explote la cabeza.
—¡No voy a
dejar que lo lleves con una prostituta! ¿Entendiste, Lorenzo? ¡Te juro que si
lo obligas, que si lo amenazas, que si de alguna manera lo coaccionas, nos
divorciamos!
***
Cuando se lo
conté a Elvira, mi mejor y única amiga, ella se echó a reír mientras yo me moría
de la pena y el horror.
—Qué
exagerada eres, Sugey. Si tu marido se rio de ti cuando le dijiste lo del
divorcio fue por eso… por cómo magnificaste las cosas. ¿Cómo vas a pedirle el
divorcio solo porque pretende reivindicarse como padre y darle un gusto a tu
hijo? Que por cierto, qué fuerte eso de que siga siendo virgen. Gerónimo no me
lo había contado, ya ves que nuestros hijos son amigos y se supone que se
cuentan sus cosas. Bueno, algunas de ellas.
—¡No empieces
tú también, Elvira, ¿quieres?! Si para ti reivindicarse como padre es que mi
marido pretenda llevar a mi hijo con una prostituta entonces ya estás mal de la
cabeza. En lugar de neuronas tienes frijoles en la cabeza.
Elvira estaba
comiéndose uno de mis pastelillos con relleno de chocolate que vendía bajo
pedido, y que le había llevado como pretexto a su casa para conversar con ella
a solas, ya que en la mía estaba Lorenzo y mis hijos. Gerónimo, el guapo unigénito
de mi amiga, me había recibido y acababa de subir a su habitación.
Elvira tenía puesta
una blusa muy escotada y transparente desde donde enseñaba casi la mitad de sus
obesos pechos y se le traslucían sus oscuros pezones. No me podía creer que ella
vistiera de esta forma tan vulgar estando su hijo en casa.
—Pero dime, Sugey,
¿qué piensas hacer al respecto si ya te ha dicho Lorenzo que no dará marcha atrás
con el plan?
—¡Por lo
pronto esta mañana, mientras Lorenzo dormía, revisé sus contactos telefónicos,
donde aparecía una agencia de escort que el cabrón de mi cuñado Fred le
compartió por mensaje, y llamé para cancelar esa cita!
—¿Qué hiciste
qué?
—Me dijeron
en esa agencia que no le devolverían el anticipo. Pero no me importa. ¡Oí cómo Tito
le suplicaba a Lorenzo que no lo hiciera! Él no está preparado para que una
tipeja de esas… tenga sexo con él por primera vez.
—Sugey, por
favor, mujer, cuando se dé cuenta Lorenzo que le cancelaste a la prostituta te
matará.
—¡Pues a ver
quién mata a quien!
—Sugey, te
desconozco. Cualquiera diría que estás celosa de tu hijo.
—¡Por él… y
por Lucy, por supuesto, como madre estoy dispuesta a lo que sea!
—¿Incluso
cancelar unilateralmente la cita de esa prostituta con tu hijo?
—¡Que encima
esa prostituta iba a ir con mi hijo disfrazada de la mujer maravilla! Hazme el
favor.
—Joder con
estos hombres ¿eh? —se carcajeó ella—, ¿la mujer maravilla? ¡Vaya cabronazo es tu
marido!
—Encima
Lorenzo conoce muy poco a nuestro hijo, ¿sabes? ¡Le contrató a la mujer
maravilla cuando a quien Tito le gusta es la tal Gatúbela esa!
—¿Gatúbela?
—La Catwoman
esa, la novia de Batman o lo que sea, la que está vestida de cuero.
—Ya… ya…
mujer. Pero tú también entiende que aunque tú hayas cancelado esa cita, Lorenzo
se enterará, y cuando lo haga, además de recriminarte, tu marido contratará a cualquier
otra. Si no es la mujer maravilla entonces será cualquier otra puta vestida
incluso del chapulín colorado —razonó Elvira, dando un trago a su café mientras
reía.
Puse los ojos
en blanco y suspiré hondo.
—¿Entonces
qué propones, Elvira? ¿Qué deje que la
primera vez de mi primogénito haga el amor con una mujer sea con una prostituta
de esas? —La voz por poco se me diluye entre la boca.
—¡No lo puedo
creer, amiga!¿En serio estás llorando?
—¡Es que no
sabes el terror que me da saber que mi pobre niño estará expuesto ante una de
esas lagartonas! Él… es un niño sin malicia… sin ninguna clase de vicio ni
perversión. ¡Por Dios, Elvira, entiéndeme! Me da horror pensar que esa maldita
me lo pudiera asustar, ¡traumatizar! Encima, ¿te imaginas si tiene alguna
infección? Es que yo no voy a poder tolerar esto, Elvira, te lo juro que no voy
a poder.
—No te
enfades con lo que te voy a decir, Suge, pero… ¡a lo mejor tu marido tiene razón
y lo estás sobreprotegiendo demasiado!
Le lancé una
mirada en llamas y Elvira se echó hacia atrás.
—¿Sobreprotegiendo
yo? ¿A Tito? ¿Y tú para qué carajos crees que estoy yo, sino es para
protegerlo?
—¡Pero Tito
ya es un hombre, amiga! —me contestaba Elvira como si yo fuera una estúpida que
no lo entendía—. Está por ser mayor de edad y tú lo sigues cuidando como si
fuera un bebé de brazos, a eso me refiero. Sino lo sueltas, lo convertirás en
un completo inútil. Vamos, querida, mírate el estado en el que te encuentras.
¡Estás llorando porque tu hijo va a perder la virginidad con una prostituta!
—¡Sólo trato
de protegerlo, Elvira! ¿No lo entiendes? Siempre lo he hecho.
—¡¿Y qué
piensas hacer, Suge?! ¿Ir con la mujer maravilla esa y pedirle que sea
considerada con tu retoño? ¿O es que prefieres estar allí con ellos,
supervisando cómo es que la puta esa seduje y fornica con tu hijo por primera
vez?
Y entonces
allí Elvira dio justo en el clavo, sin pretenderlo. En ese momento… justo en
ese instante se me vino a la cabeza una idea que… además de frívola… podría ser
perversa. Pero tenía que llevarla a cabo. Yo era la única que podía salvar a mi
hijo de las garras de una de esas vulgares prostitutas.
***
Tuve que
comprarme un chip nuevo para hacer unas llamadas desde mi teléfono sin que mi
marido se diera cuenta de nada.
Faltaba
apenas un día para que la fiesta que le tenía preparada a mi primogénito se
llevara a cabo, y para mi buena suerte, la agencia de escort no habían llamado
a mi marido para confirmar que la cita del día siguiente estaba perdida.
Así que,
aprovechándome de eso, tomé su celular, busqué en youtube cómo bloquear un número
para que él no pudiera recibir ninguna llamada de esa agencia, y entonces… al
mediodía de ese viernes, mientras él estaba trabajando, lo llamé yo misma,
desde un número que él desconocía.
Me dije que
tenía que cuidar a mi hijo de una forma u otra. Por eso después de horas de
ensayo intentando que mi voz sonara mucho más aguda, puse un trapo en la bocina
de mi teléfono, como en las películas, y aguardé a que Lorenzo me respondiera:
—¿Diga?, ¿quién habla de allá pa´cá? —me
dijo mi marido.
Afortunadamente
se oía un poco de interferencia, por lo que era probable que mi objetivo de que
no reconociera mi voz sería favorable.
—Hablo… de la
agencia de escort, señor, por el servicio mañana, que contrató con nosotros.
Los hombres a
veces son tan básicos que apenas se dan cuenta de lo que pasa delante de sus
narices. A él ni siquiera le extrañó que la “agencia de escort” le estuvieran
hablando desde un número diferente.
—Ah, ya, ya. A sus órdenes, señorita. ¿Será
que me llama para confirmar el servicio?
—Sí… bueno… verá,
sí es para confirmar la cita de mañana, así el lugar donde se realizará el
servicio. Sólo que tenemos un problema.
—¿Qué problema? No le pienso pagar un peso más…
—No, no, no
se trata de eso, señor, más bien le quiero informar que por motivos de salud…
la anterior escort no podrá estar en el servicio.
Lorenzo bufó
indignado y seguía sudando frío esperando que no descubriera mi verdadera
identidad.
—¡Oiga, pero de qué mierdas se trata todo
esto, ¿eh?! ¡Qué poca seriedad en el servicio!
—Escuche…
escuche… no se enfade aún: lo que le estoy diciendo es que yo estaré en su
lugar.
—¿Usted…? —dudó el muy cabrón—. ¿Usted hará de la mujer maravilla?
—No de la
mujer maravilla —respondí nerviosa, mirando el paquete que contenía un traje alquilado y que tenía delante de mí—.
Más bien… me presentaré como… Catwoman… la chica que acompaña a Batman…
—¿La gata vestida de látex?
—Sí... sí —respondí
temblando.
—Oiga, pero ¿usted está igual de buena que
la otra? Sino… para hacer ajustes con los precios.
“¡Cabrón
asqueroso pervertido!”
—¡Yo estoy
mejor que la otra… mucho mejor! —contesté indignada, herida del orgullo, y de pronto me asustó que
no hubiera agudizado la voz como antes.
—¿Quiere
decir que tiene mejor culo que la otra?
“¡Ya te veré
cabrón maldito! ¡Ya me las pagarás!”
—No sé si tendré
mejor culo, señor… pero mejores tetas eso sí —admití, acariciándome uno de mis
gordos senos.
—Pues
entonces, si es así, que no se diga más. ¿En cuál motel le llevo a mi hijo?
—Yo… mañana
temprano le aviso por mensaje.
Y ahí estaba
yo… organizando con mi marido la cita que tendría yo al día siguiente con mi
propio hijo, donde… disfrazada de gata de látex… pretendería quitarle su
virginidad.
Continúa.
.png)

Omg me gusto mucho este capítulo muy excitante muy cachondo muy caliente lo pronibido es muy excitante joss continua con tus grandes y excitantes relato
ResponderBorrar