CORROMPIENDO A MI HIJO (VERSIÓN SUGEY)// CAP. 3

 


 

 

Capítulo 3

***

Aquella ocasión, después de haberme masturbado sobre la cara de mi hijo sedado, frotándole mi clítoris en su boca, y con mis senos hundiéndose en su pubis, hice una última locura:

Me puse a gatas nuevamente sobre él, sin llegar a colocar todo mi peso sobre su cuerpo para no despertarlo (aunque con la medicación era casi imposible que lo hiciera). Apoyé mis gordos senos en su pecho y me aseguré de que mis rígidos pezones se friccionaran con los suyos. Esa fricción entre dos cuerpos ardientes que tienen a sudar entre sí.

Y comencé a balancearme sobre mi hijo. Mis pezones se quemaban sobre los suyos. De vez en cuando mis mamas se aplastaban en sus pectorales y la sensación de electricidad era mayúscula. Cuando menos acordé nuevamente se me remojaron las pulpas vaginales y comencé a estilar, como si fuese una naranja que exprimes y cuyos chorros destilan sin control.

Estaba mojada. Me sentía sucia. La calentura de mi cuerpo no me daba tregua y me exigía más. Mi lengua apetitosa quería serpentear en los labios de mi primogénito. Sentir la blandura de su piel. Toda yo era un espectáculo de mujer pervertida y degenerada que pretendía más de lo que merecía. Lo peor es que ya no me conformaba con sólo acariciarlo. Yo también quería ser acariciada.

Necesitaba una lengua recorriendo los pliegues mojados de mi vagina. Incluso mi ano virgen palpitaba por el deseo de que me lamieran mi delicioso agujerito. Mi clítoris se había descapuchado y deseaba con ansias que una boca ardiente lo absorbiera. Que lo mordiera. Que me hiciera bramar como perra.

No me bastaba frotarme con mi propio hijo, ambos desnudos en su cama. No. Yo en verdad necesitaba sus manos recorriendo mi espalda, provocándome escalofríos con sus yemas. Acariciando mis amplias caderas. Apretujando mis gordas nalgas. Ansiaba su lengua saboreando mis puntiagudos pezones. Recorriendo con la punta los contornos de mis areolas.

—¡Oh, Dios!

Cuando las mujeres nos ponemos cachondas solemos perder el norte. Y yo lo perdí esa noche con mi hijo. Con mi amado hijo.

A medida que mis firmes pechos acariciaban los pectorales de Tito, restregándose pezones con pezones, comencé a echar las nalgas hacia atrás, enarcando hacia adentro mi espalda para que mi vagina alcanzara su entrepierna. Entonces mi visible humedad mojó sus vellos púbicos, y esos pelillos rizados me cosquillearon de forma deliciosa.

“¡Oh, sí, oh, sí!” “¡Mami se restriega con su bebé!”

Mi hombrecito, entonces, emitió un ligero gemido justo cuando sentí que mi hendidura vaginal tocaba su glande. Fue un roce que me hizo jadear como una golfa. Aunque su pene había estado en reposo, luego de este obsceno y aberrante contacto entre la vagina de una madre y con el glande de su hijo, su miembro despertó y comenzó a ganar dureza. Y me asusté al tiempo que me doblegaba ante mis más enfermos deseos.

“¡Qué rico, qué ricoooo, mi vida… mami siente rico mientras se levanta tu pene!” “¡Oh, sí, bebé, qué rico siente mami!”

Dejé que mis piernas se abrieran por completo, de manera que dejé caer mis genitales sobre los de Tito, mi bebé. Mi vientre se encontró con su vientre y mis pechos se aplastaron aún más contra sus pectorales. La gordura de mis senos se convirtió en una almohada entre mi cuerpo y el suyo.

Al poco rato miré a mi hijo cuando éste volvió a jadear un “ma… miii”, sin abrir los ojos, sin emitir por completo las palabras. Yo me desquicié. Me horrorizó el hecho de que él se pudiera despertar y me viera allí, como una loca, desnuda recostada sobre él.

Juro que los latidos de mi corazón azotaron mi pecho. Pero sólo fue un susurro entre jadeos. Él, inconscientemente, percibía mi presencia. La presencia de la puta de su madre que estaba cometiendo un pecado de magnitudes bíblicas: uno que no puede ser comprendido por la sociedad.

—¡Perdóname, mi amor, por ser tan sucia, por ser tan mezquina!

Lo peor es que mi calentura no aminoraba. De hecho no puedo explicar esa sensación de electricidad que surgía desde mi útero cuando sentía la piel desnuda de mi hijo y se esparcía por mi vagina, muslos, piernas, abdomen, pechos, y encendían mis pezones y mis areolas rosadas. La sensibilidad que lograban mis labios verticales ante el tacto de su fina vellosidad, de su glande, de la rugosidad de su pene, era y es indescriptible.

De pronto el hormigueo aparecía en mis órganos sexuales. Toda mi piel ardía. Los espasmos que se producían desde mi interior me poseían con calores muy ardientes que me hacían sudar.

—“¡Lo siento… lo siento…!” —lloriqueaba, cuando la dureza del glande de mi hijo comenzó a jugar con la abertura de mi vagina, que se abría como una rosa fresca y húmeda sobre él, como invitándolo para que accediera—. ¡No puedes metérmela, mi vida… eso no lo puedes hacer… soy tu mami… y tú eres el niño de mis ojos! ¡Es pecado que metas tu pene en la vagina de tu mami… eso no, mi amor, eso no mi bebé!

Y yo le decía estas plegarias, y el glande mi hijo golpeteaba la abertura de mis labios bajos, exigiéndome penetrar. Y yo sentía ese calor delicioso de su cabeza inferior luchando por adentrarse. Y yo me frotaba contra su cuerpo como una gata en brama. Por un lado lo quería fuera. Pero la parte menos racional de mí lo necesitaba dentro, cometiéndome. Mi vagina tragona lo quería devorar. ¡El pene de mi propio retoño! De la luz de mi vida. Y comencé a lloriquear por la rabia, el deseo y el pudor.

Pero al mismo tiempo tuve una extraña sensación de cosquilleo en mis partes nobles semejante a cuando quieres orinar. No podía controlarme. Era una sensación tan caliente que de pronto sentí ese vergonzoso deseo de venirme. De dejarme explotar. Era como si algo muy caliente y cosquilleante se inflara en mi útero y se hiciera grande, cada vez más grande, a punto de detonar.

—¡Oh, Dios… no dejes que me la meta… no dejes que me la meta! —lloré sobre el inerte cuerpo de mi primogénito, mientras echaba mi culo hacia su pene. De palabras decía que no, pero de acciones quería que sí—.¡No permitas que cometa este pecado! ¡NO lo permitas!

Pero mientras lanzaba plegarias al cielo, yo misma, inconscientemente, echaba mis partes sexuales hacia más arriba del glande de mi hijo, como si quisiera tragármelo. Como si quisiera absorberlo por mi vagina. Aplasté más fuerte mis tetas contra el pecho de mi bebé y al poco rato casi pude sentir cómo su pene endurecido  entreabría un poco más mis pulpas mojadas.

—“¡Oh, no!” “¡Oh… no!” “¡No puedo hacer esto!” “¡NO PUEDOOOOO!”

Su glande chasqueó la boca de mi vagina justo cuando un estadillo procedente desde mi vientre comenzó a expulsar chorros de placer sobre la entrepierna de mi hijo.

Sufrí fuertes espasmos sobre él. Mis pezones se hundieron en su piel. Mi boca atrapó la suya y la lamí. Su mentón todavía estaba mojado por mi anterior orgasmo. Por eso, mientras mi pecadora lengua lo lamía, su sabor a mis propios flujos vaginales me enloqueció. Y así me quedé un buen rato, arriba de él, ambos desnudos, mojados, calientes… fascinados por algo que… para él, nunca sucedió.

 

 

***

Al día siguiente me masturbé al menos cinco veces, y en todas me corrí. Una fue mientras me duchaba, y otra fue en el exterior del cuarto de mi hijo. Las otras cuatro fueron en mi propia cama matrimonial, mientras recordaba lo que había pasado la noche anterior. 

A partir de ese episodio mi calentura no cesó, aunque sí perdí el apetito sexual con Lorenzo, que de todos modos no era un gran admirador para tener sexo conmigo. Las pocas veces que intentó al menos tocarme las tetas o exigirme que lo masturbara, yo me negué. Mi marido ya no se me antojaba y él adjudicó estas negativas a mi estrés laboral, y el pobre se tuvo que resignar.

Sin embargo yo continuaba cautivada con mi propio hijo. Sin hacer más que quererme, abrazarme y tratarme con cariño, él me había metido esa pequeña espinita de querer sacar lo más frívolo y ardiente que tenía en mí. De alguna manera yo ya me consideraba suya aún si ni siquiera me había fornicado por completo. Porque ¿cómo alguien sangre de tu sangre puede hacerte el amor?

Tito mejoró en los días siguientes, aunque lo notaba un poco serio e intranquilo. Mi hijo me observaba de forma extraña desde la cama cuando le llevaba la comida. Por un momento quise saber si acaso él había estado despierto durante esa noche en que me comporté con él como una zorra. Y tan solo imaginarlo comencé a horrorizarme.

Desee poder leer su mente y saber qué le ocurría, ¿por qué me observaba así? Un día me armé de valor y se lo pregunté directamente:

—¿Pasa algo, mi amor?

—No… mami —me sonrió un poco misterioso. Me miraba con una adoración y temor bastante extraña en él—. Bueno… en realidad no sé… Creo que fue un sueño. Más bien una pesadilla.

—¿De qué hablas, cariño? —me hice la desentendida cuando me lo dijo.

Tito caviló en silencio, apretó los labios, me volvió a sonreír y simplemente terminó con el tema, diciéndome:

—No pasa nada, mami. No me hagas caso. Estas pastillas que me recetaron creo que me están haciendo delirar… y sentir ciertas cosas.

 Y no le insistí con el tema. Por fortuna mi hijo continuó mejorando y me obligué a nunca más sobre exigirle tareas en casa.

Él era joven y muy guapo y merecía su libertad. Merecía amar. Si Ernesto quería tener una novia pues entonces que la tuviera. No tenía por qué oponerme. Por mucho que yo lo quisiera solo para mí, debía de entender que mi hijo ya era un hombrecito y que si quería tener una novia entonces debía dejarlo ser.

Debía comenzar a prever que era posible que un día él quisiera una familia, se casara y se fuera de casa.

A lo mejor eso a mí también me ayudaría para dejarlo de ver como… un objeto sexual.

 

***

Previo a que mi hijo cumpliera 18 años de edad un día escuché una de las peores conversaciones que una madre puede escuchar. Era de noche y faltaban tres días para el cumpleaños de Tito.

Yo estaba saliendo de la ducha y se me hizo raro que Lorenzo estuviera en el cuarto de Tito, según pude oír su voz desde afuera. Mi marido nunca fue muy cercano a nuestro hijo. De hecho habían sido contadas las veces en que él había entrado a su habitación. Por eso me extrañó que estuviera con él.

Al principio sentí una gran alegría por este acercamiento entre padre e hijo. Le había pedido tanto a Dios que Lorenzo amara a nuestro primogénito como los padres normales que por un momento tuve ganas de llorar al creer que estaban limando asperezas.

Pero qué equivocada estaba. Lo supe cuando me acerqué a la puerta, sintiendo curiosidad por lo que se decían, y entonces me enteré de esa horrible conversación.

—¡Por favor, papá, te lo agradezco, te juro que te lo agradezco, pero no… eso no!

—¡Me estás haciendo emputar de verdad, Ernesto! —le decía mi marido con voz tronante—. ¡Este regalo que estoy haciendo por ti es lo que normalmente obsequia un padre a su hijo! Mi padre me lo obsequió mucho antes, a los catorce, creo, para que me hiciera hombrecito.

Yo no entendía de lo que estaban hablando, y la ansiedad por saberlo me tenía trastornada. Por lo pronto podía oír a mi niño asustado por algo y su padre bastante furioso, tratando de convencerlo de “ese algo.”

—¡Es que yo… si mamá se entera…! —se lamentaba Tito.

—Sugey ahora no vale en lo que estoy diciendo —dijo mi marido, y su respuesta me molestó bastante.

Sea lo que fuera de lo que estuvieran hablando, para mi hijo mi opinión significaba mucho, aun si Lorenzo la subestimaba.

—¡Pero papá!

—¡Vas a cumplir dieciocho años, cabrón, ¿y sigues siendo virgen?!

¡Por Dios! Me estremecí de arriba abajo. ¿Pero mi hijo era virgen en verdad? ¿Y entonces qué pasaba con su novia?

—¿Tú qué sabes, papá? —contestó Tito avergonzado.

—¡Me lo acabas de decir, bruto!

—¡Pero pensé que esta conversación era… por otra cosa… no porque me querías llevar a un motel para estar a solas con una prostituta!

¡¿Qué?!

El corazón por poco me estalla de horror al escuchar cosa semejante. Lancé un gemido fuerte, pero ninguno de mis inquilinos me escuchó.

—¡Es la mujer maravilla! —le soltó Lorenzo muy quitado de la pena—. Y ten la seguridad de que como su nombre lo dice… ella te hará maravillas.

—¡¿La mujer… marav…?! —la voz de mi hijo salió con asombro y terror. No parecía dar crédito, como yo, de lo que Lorenzo le decía—. ¡Joder, papá, te has vuelto loco!

—¿De qué te asustas, Tito? —contestaba mi marido con orgullo—. ¿Es que no es lo que les gusta en estos tiempos a ustedes los muchachos, las mujeres disfrazadas de súper héroes? Anda, cabrón, no te pongas remilgoso.  

—¡Te juro que te lo agradezco, papá, no sabes cuánto —decía mi hijo muy nervioso—, pero yo no puedo aceptar lo que me propones! ¿Qué va a decir mi mamá si…?

—¡Y dale con tu madre! ¿Es que no la puedes dejar de mencionar un rato, Tito? A ver. Ella te hará tu propia fiesta aquí, el sábado. Invitará a tus amigos, habrá cerveza, tequila, baile, comida, pastel, todo lo que quieras y que por cierto yo pagaré. Sugey está muy ilusionada organizándote todo esto y en ningún momento se lo vamos arruinar. Pero también te pido que me des la satisfacción a mí de organizarte lo que ya te dije. Mi regalo ya será después de la fiesta, no interferirá con la de tu madre. Tu tío vendrá por nosotros y te llevaremos al motel donde ya te estará esperando la prostituta que te contratamos.

—¿El tío Fred está involucrado en todo esto, papá?

Y yo también quedé colerizada al saber que el hermano menor de mi marido estaba metido en toda esta marranada.

—¿Pues quién crees que negoció con la mujer esa? Dice el tío Fred que se cae de buena la cabrona.

No pude evitar sentir celos, rabia… resentimiento. ¿Mi marido se habría acostado alguna vez con alguna de esas prostitutas que conseguía el tío Fred? ¿Las prefería a ellas antes que a mí? ¿Por eso de unos años para acá ya no me tocaba, porque prefería tener sexo con una prostituta antes que conmigo? ¡Qué asco! ¡Qué horror! ¡Qué indignante! Tuve ganas de irrumpir, pero preferí seguir escuchando.

—¡¿Y ustedes van a llevarme personalmente a ese motel?!

—¿Qué de malo hay? —contestó Lorenzo—. Es lo normal. Si yo te voy a regalar a la vieja esa, pues tengo que estar ahí para entregártela. No pasa nada. Te dejamos con ella, le pagamos y nos vamos. Al día siguiente vamos por ti.

Y yo estaba alucinando afuera del cuarto. Sentía que me caería al suelo de un momento a otro. Los nervios se me crisparon y por un momento tuve ganas de entrar a la habitación de mi pobre hijo y castrar ahí mismo a Lorenzo. ¿Cómo era posible que le estuviera diciendo semejantes marranadas? ¿Cómo era posible que le estuviera intentando regalar una noche con una prostituta para arrebatarle la virginidad?

—¡Papá, yo tengo novia, ¿sabes?! ¡No le puedo hacer esto!

—¡No me salgas con esas tonteras, Tito! Yo no te creo nada de que tengas novia, ¿cómo puedes tener novia y ser virgen?

—¡El día de la fiesta te la presentaré para que lo compruebes!

—¡De nuevo te lo pregunto, cabrón! ¿Cómo puedes tener novia y ser virgen?

—¡Porque nuestra relación se basa en el respeto mutuo! Ella y yo nos entendemos. Tenemos planes. Y cuando tenga que pasar algo entre nosotros pues pasará, sin ser forzado nada.

—¡A mí se me hace que eres maricón, y que el cuento de tu noviecita esa es sólo para simular!

—¡Cómo puedes decir eso de mí, papá! —contestó mi hijo herido de verdad.

A mí me dio rabia que Lorenzo lo volviera a increpar con esos temas horribles de su sexualidad. ¿Cómo podía tener tan poca empatía por su propio hijo? ¿Cómo podía?

—¡Siempre he pensado que mi primera vez fuera diferente, papá!

—Supongamos que tienes razón, que es cierto que tienes novia y que un día de estos vas a follar con ella. ¿Qué vas hacer si a la hora de la hora no puedes? ¿Qué va a pensar esa pobre muchacha de ti si llegado el momento tú no la sabes tratar en la cama?

—¡Esto empieza a incomodarme!

—¡Me vale un pito si te incomodo o no! He pagado una buena pasta por esa mujer maravilla y no vas hacer tú quien me haga perder ese dinero. Demuéstrame que eres un hombre y acepta mi regalo. ¿Sabes cuántos muchachos de tu edad querrían que sus padres fueran como yo y les pagaran una puta para que los haga hombrecitos? Pues entonces no me defraudes. Prepárate para el sábado después de la fiesta de tu madre y… por favor, no me quedes mal. ¡Hazme sentir orgulloso de ti al menos una puta vez en la vida! 

Dicho esto Lorenzo hizo amago de salir del cuarto y yo me encerré en la ducha, sólo para dejar que mi marido se fuera a nuestra habitación. Cuando volví a salir del baño me acerqué al cuarto de mi hijo y oí cómo gimoteaba ante los chantajes emocionales de su padre.

¡Y esto yo no lo iba a permitir!

 

***

—¡¿Cómo te atreves si quiera a pensar que llevarás a tu hijo con una prostituta barata?! —le grité cuando entré a nuestra habitación hecha una furia.

Lorenzo estaba echado en la cama mirando televisión.

—¿Ya te fue con el chisme el maricón?

—¡SI LO VUELVES A LLAMAR MARICÓN TE ABOFETEO! —lo amenacé.

Mi marido se incorporó, como retándome, y yo le lancé una mirada furibunda.

—¡Ni creas que voy a permitir que le hagas algo semejante a mi hijo!

—¡Que no se te olvide que también es mío!

Me quedé en silencio ante su respuesta, y luego de meditar me acerqué a la cama y continué:

—¡Eso que quieres hacer es una marranada! ¡Una perfecta aberración! ¿Cómo vas a llevar a tu propio hijo con una maldita prostituta? ¿En qué estabas pensando cuando ideaste cosa semejante?

—¡Estaba pensando en hacerlo hombre! —respondió indignado—. ¡Mis amigos empiezan a burlarse de mí porque piensan que Tito tiene ademanes bastante femeninos! No le gusta el futbol, se la pasa encerrado en su cuarto sin hacer trabajos de hombres. No sale con chicas ni sale con los hijos de mis amigos.

—¡Porque es tímido! ¡Nuestro hijo es tímido! —respondí con lágrimas en los ojos. Me dolía en el alma que mi hijo sufriera por culpa de su padre, que no se cansaba de menospreciarlo—. ¡Además él tiene novia!

—¿Tú la conoces? —me gritoneó mi marido.

—¡Pues no, pero…!

—¿Lo ves? Además de rarito tu hijo es un mentiroso. ¡Ni tú ni yo conocemos a esa mentada novia! Ni siquiera sabemos cómo se llama, porque ella no existe.

—¡Lo que pasa es que no le hemos dado la confianza para que nos cuente sus intimidades!

—Pues al menos yo ya le saqué eso de que es virgen, mujer, ¿qué no te lo dijo a ti? Se supone que es muy apegado a ti, ¿no, Sugey? A ti te debería de contar esas cosas.

—¡Tal vez le da vergüenza contármelo, Lorenzo! ¿Pero sabes? A quien se lo debería de contar todo esto es a ti, que eres hombre. ¿Pero sabes por qué no lo hace? ¡Porque tú no le has producido confianza! Te la pasas ofendiéndolo, burlándote de él, ¡ese carácter que le falta es porque tú lo has minimizado! ¡Te tiene miedo! ¡Te tiene horror! ¿Y ahora pretendes llevarlo con una prostituta para que le quite si virginidad?

—¡Eso es más de lo que puedo ofrecerle!

—¿Es que no lo quieres, por Dios?

—¿Cómo carajos no lo voy a querer, Sugey? ¡Lo que pasa es que él no es lo que yo esperaba! ¡Eso es todo! Y, por favor, ya no continúes con esto, que entre tu hijo y tú harán que me explote la cabeza.

—¡No voy a dejar que lo lleves con una prostituta! ¿Entendiste, Lorenzo? ¡Te juro que si lo obligas, que si lo amenazas, que si de alguna manera lo coaccionas, nos divorciamos!

 ***

Cuando se lo conté a Elvira, mi mejor y única amiga, ella se echó a reír mientras yo me moría de la pena y el horror.

—Qué exagerada eres, Sugey. Si tu marido se rio de ti cuando le dijiste lo del divorcio fue por eso… por cómo magnificaste las cosas. ¿Cómo vas a pedirle el divorcio solo porque pretende reivindicarse como padre y darle un gusto a tu hijo? Que por cierto, qué fuerte eso de que siga siendo virgen. Gerónimo no me lo había contado, ya ves que nuestros hijos son amigos y se supone que se cuentan sus cosas. Bueno, algunas de ellas.

—¡No empieces tú también, Elvira, ¿quieres?! Si para ti reivindicarse como padre es que mi marido pretenda llevar a mi hijo con una prostituta entonces ya estás mal de la cabeza. En lugar de neuronas tienes frijoles en la cabeza.

Elvira estaba comiéndose uno de mis pastelillos con relleno de chocolate que vendía bajo pedido, y que le había llevado como pretexto a su casa para conversar con ella a solas, ya que en la mía estaba Lorenzo y mis hijos. Gerónimo, el guapo unigénito de mi amiga, me había recibido y acababa de subir a su habitación.

Elvira tenía puesta una blusa muy escotada y transparente desde donde enseñaba casi la mitad de sus obesos pechos y se le traslucían sus oscuros pezones. No me podía creer que ella vistiera de esta forma tan vulgar estando su hijo en casa.

—Pero dime, Sugey, ¿qué piensas hacer al respecto si ya te ha dicho Lorenzo que no dará marcha atrás con el plan?

—¡Por lo pronto esta mañana, mientras Lorenzo dormía, revisé sus contactos telefónicos, donde aparecía una agencia de escort que el cabrón de mi cuñado Fred le compartió por mensaje, y llamé para cancelar esa cita!

—¿Qué hiciste qué?

—Me dijeron en esa agencia que no le devolverían el anticipo. Pero no me importa. ¡Oí cómo Tito le suplicaba a Lorenzo que no lo hiciera! Él no está preparado para que una tipeja de esas… tenga sexo con él por primera vez.

—Sugey, por favor, mujer, cuando se dé cuenta Lorenzo que le cancelaste a la prostituta te matará.

—¡Pues a ver quién mata a quien!

—Sugey, te desconozco. Cualquiera diría que estás celosa de tu hijo.

—¡Por él… y por Lucy, por supuesto, como madre estoy dispuesta a lo que sea!

—¿Incluso cancelar unilateralmente la cita de esa prostituta con tu hijo?

—¡Que encima esa prostituta iba a ir con mi hijo disfrazada de la mujer maravilla! Hazme el favor.

—Joder con estos hombres ¿eh? —se carcajeó ella—, ¿la mujer maravilla? ¡Vaya cabronazo es tu marido!

—Encima Lorenzo conoce muy poco a nuestro hijo, ¿sabes? ¡Le contrató a la mujer maravilla cuando a quien Tito le gusta es la tal Gatúbela esa!

—¿Gatúbela?

—La Catwoman esa, la novia de Batman o lo que sea, la que está vestida de cuero.

—Ya… ya… mujer. Pero tú también entiende que aunque tú hayas cancelado esa cita, Lorenzo se enterará, y cuando lo haga, además de recriminarte, tu marido contratará a cualquier otra. Si no es la mujer maravilla entonces será cualquier otra puta vestida incluso del chapulín colorado —razonó Elvira, dando un trago a su café mientras reía.

Puse los ojos en blanco y suspiré hondo.

—¿Entonces qué  propones, Elvira? ¿Qué deje que la primera vez de mi primogénito haga el amor con una mujer sea con una prostituta de esas? —La voz por poco se me diluye entre la boca.

—¡No lo puedo creer, amiga!¿En serio estás llorando?

—¡Es que no sabes el terror que me da saber que mi pobre niño estará expuesto ante una de esas lagartonas! Él… es un niño sin malicia… sin ninguna clase de vicio ni perversión. ¡Por Dios, Elvira, entiéndeme! Me da horror pensar que esa maldita me lo pudiera asustar, ¡traumatizar! Encima, ¿te imaginas si tiene alguna infección? Es que yo no voy a poder tolerar esto, Elvira, te lo juro que no voy a poder.

—No te enfades con lo que te voy a decir, Suge, pero… ¡a lo mejor tu marido tiene razón y lo estás sobreprotegiendo demasiado!

Le lancé una mirada en llamas y Elvira se echó hacia atrás.

—¿Sobreprotegiendo yo? ¿A Tito? ¿Y tú para qué carajos crees que estoy yo, sino es para protegerlo?

—¡Pero Tito ya es un hombre, amiga! —me contestaba Elvira como si yo fuera una estúpida que no lo entendía—. Está por ser mayor de edad y tú lo sigues cuidando como si fuera un bebé de brazos, a eso me refiero. Sino lo sueltas, lo convertirás en un completo inútil. Vamos, querida, mírate el estado en el que te encuentras. ¡Estás llorando porque tu hijo va a perder la virginidad con una prostituta!

—¡Sólo trato de protegerlo, Elvira! ¿No lo entiendes? Siempre lo he hecho.

—¡¿Y qué piensas hacer, Suge?! ¿Ir con la mujer maravilla esa y pedirle que sea considerada con tu retoño? ¿O es que prefieres estar allí con ellos, supervisando cómo es que la puta esa seduje y fornica con tu hijo por primera vez?

Y entonces allí Elvira dio justo en el clavo, sin pretenderlo. En ese momento… justo en ese instante se me vino a la cabeza una idea que… además de frívola… podría ser perversa. Pero tenía que llevarla a cabo. Yo era la única que podía salvar a mi hijo de las garras de una de esas vulgares prostitutas.

***

 

Tuve que comprarme un chip nuevo para hacer unas llamadas desde mi teléfono sin que mi marido se diera cuenta de nada.

Faltaba apenas un día para que la fiesta que le tenía preparada a mi primogénito se llevara a cabo, y para mi buena suerte, la agencia de escort no habían llamado a mi marido para confirmar que la cita del día siguiente estaba perdida.

Así que, aprovechándome de eso, tomé su celular, busqué en youtube cómo bloquear un número para que él no pudiera recibir ninguna llamada de esa agencia, y entonces… al mediodía de ese viernes, mientras él estaba trabajando, lo llamé yo misma, desde un número que él desconocía.

Me dije que tenía que cuidar a mi hijo de una forma u otra. Por eso después de horas de ensayo intentando que mi voz sonara mucho más aguda, puse un trapo en la bocina de mi teléfono, como en las películas, y aguardé a que Lorenzo me respondiera:

—¿Diga?, ¿quién habla de allá pa´cá? —me dijo mi marido.

Afortunadamente se oía un poco de interferencia, por lo que era probable que mi objetivo de que no reconociera mi voz sería favorable.

—Hablo… de la agencia de escort, señor, por el servicio mañana, que contrató con nosotros.

Los hombres a veces son tan básicos que apenas se dan cuenta de lo que pasa delante de sus narices. A él ni siquiera le extrañó que la “agencia de escort” le estuvieran hablando desde un número diferente.

—Ah, ya, ya. A sus órdenes, señorita. ¿Será que me llama para confirmar el servicio?

—Sí… bueno… verá, sí es para confirmar la cita de mañana, así el lugar donde se realizará el servicio. Sólo que tenemos un problema.

—¿Qué problema? No le pienso pagar un peso más…

—No, no, no se trata de eso, señor, más bien le quiero informar que por motivos de salud… la anterior escort no podrá estar en el servicio.

Lorenzo bufó indignado y seguía sudando frío esperando que no descubriera mi verdadera identidad.

—¡Oiga, pero de qué mierdas se trata todo esto, ¿eh?! ¡Qué poca seriedad en el servicio!

—Escuche… escuche… no se enfade aún: lo que le estoy diciendo es que yo estaré en su lugar.

—¿Usted…? —dudó el muy cabrón—. ¿Usted hará de la mujer maravilla?

—No de la mujer maravilla —respondí nerviosa, mirando el paquete que contenía un traje alquilado y que tenía delante de mí—. Más bien… me presentaré como… Catwoman… la chica que acompaña a Batman…

—¿La gata vestida de látex?

—Sí... sí —respondí temblando.  

—Oiga, pero ¿usted está igual de buena que la otra? Sino… para hacer ajustes con los precios.

“¡Cabrón asqueroso pervertido!”

—¡Yo estoy mejor que la otra… mucho mejor! —contesté indignada, herida del orgullo, y de pronto me asustó que no hubiera agudizado la voz como antes.

—¿Quiere decir que tiene mejor culo que la otra?

“¡Ya te veré cabrón maldito! ¡Ya me las pagarás!”

—No sé si tendré mejor culo, señor… pero mejores tetas eso sí —admití, acariciándome uno de mis gordos senos.

—Pues entonces, si es así, que no se diga más. ¿En cuál motel le llevo a mi hijo?

—Yo… mañana temprano le aviso por mensaje.

Y ahí estaba yo… organizando con mi marido la cita que tendría yo al día siguiente con mi propio hijo, donde… disfrazada de gata de látex… pretendería quitarle su virginidad.

 

Continúa.



Comentarios

  1. Omg me gusto mucho este capítulo muy excitante muy cachondo muy caliente lo pronibido es muy excitante joss continua con tus grandes y excitantes relato

    ResponderBorrar

Publicar un comentario

Comentarios